Hacer escuelas

Hacer escuelas

Despojarse de uno mismo es el movimiento más creativo que un hombre puede hacer. Cuando una idea trasciende los límites del egocentrismo para transformarse en palabra comunicada, alcanza la posibilidad de ser, deja de ser idea para aspirar a ser una realidad: una revolución existencial. Es un movimiento lleno de espinas. No es para nada sencillo transitar del yo al nosotros, porque el yo no quiere abandonar “su derecho de propiedad”, ni el nosotros está tan dispuesto a acoger la vida ajena. Una idea adquiere realidad existencial cuando al mismo tiempo deja de pertenecer a uno para ser de muchos.

Al igual que la vida, las ideas nacen cuando algo muere. El ego.

Pocas cosas son tan gratificantes como ver nacer una escuela. Pero no cualquiera, una que ponga en su centro a los últimos. La educación es una cuestión de amor. Y si ese amor se transforma en una opción preferencial por los últimos, podemos hacer propias sus causas y cooperar a la construcción de su dignidad. Solo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, el amor gratuito, que nada pide a cambio, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, valorados en su estilo propio, cultura, y, por lo tanto, verdaderamente integrados a la sociedad.

El mal más grande de este mundo es la indiferencia. Decir “no existís” es responder “no sé, ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?”.

Hacer nacer una escuela es reparar la indiferencia de Caín para con Abel. Es hacerse guardián de mi hermano. Eso los maestros lo sabemos. Y lo hacemos realidad cuando corregimos una coma mal escrita, un cálculo mal hecho. Pero hay algo imperfecto en la obra, es inconclusa, porque no depende de nosotros, sino de lo que despertamos en los demás.

Estamos concluyendo el primer año después de haber dado nacimiento a la Escuela Chiara Lubich en José C. Paz. Ni siquiera está terminada, es apenas un inicio, ¿una escuela de campaña? Una escuela renace cuando una niña y un niño reingresan. No puede estar nunca terminada.

Apenas atravesamos un umbral. Un umbral invita a entrar. Tiene algo de atracción, pero al mismo tiempo de incertidumbre. Hay un momento en que no vemos, porque la luz de frente nos enceguece y nuestras propias dudas no hacen visible lo que vendrá. Un gran amor no hace cálculos. Siempre hay un desbalance. Las cuentas no cierran. Pero al final del día, la ganancia es inmensa.

Dios ha creado a todos los hombres iguales en derechos, en los deberes y en dignidad. ¿Acaso podemos ignorar este designio? Hacer escuela es poner manos a la obra. Es hacer realidad el amor fraterno. Hemos visto con el equipo de docentes que los dos años de pandemia han profundizado las diferencias entre los que tienen posibilidades y los que no. Algunos de nuestros niños escolarizados no están alfabetizados y es por eso que hay quienes concurren a clase los sábados. Es un intento más de recuperar lo perdido. Si creemos que solo se trata de hacer mejor lo que hacíamos o que la única respuesta es mejorar los sistemas y las reglas que ya existen, estamos negando la realidad. Necesitamos hacer nuevas todas las cosas.

Se necesita una comunidad para soñar y hacer esto posible. Anhelamos que otros se hagan con nosotros. Porque hubo quienes nos precedieron y habrá otros que nos seguirán. Soñemos como una única comunidad.

No suelo ser pesimista, pero retrocedimos. En algún punto nos sentimos solos, porque hemos heredado un mundo que predica el individualismo. El bien y el amor no son de stock permanente, se construyen todos los días, de a poco, y de manera continua.

Sin un proyecto que incluya a todos se hará estéril nuestra existencia. Hacer una escuela en pandemia en una de las crisis educativas más profundas suena a delirio, pero es posible si la hacemos nuestra.

Cuando conocí la historia de Chiara me alentó, entre otras cosas, saber que era maestra. Hay algo en la mística educativa que tiene que ver con la santidad. Los mejores maestros son los que se anonadan y trascienden dando vida a los alumnos. Leí de un hermano lasallano que la escuela es un sacramento. Es una de las tareas humanas con mayor dignidad. Nos pone en el lugar del ser y no del tener. Nos lleva al señorío de nosotros mismos.    

La comunidad se vuelve frágil cuando no es capaz de incluir a todos, cuando favorece lo individual por encima de lo comunitario. No todas las fraternidades son buenas. Hay muchas comunidades que en nombre de la fraternidad han descartado a quienes no cabían en ellas. Hacer una escuela para la Fundación Charis fue un acontecimiento inesperado. Todos nacemos hermanos de sangre, pero solo nos convertimos en prójimos cuando elegimos hacerlo. Es la opción de fondo que necesitábamos tomar para reconstruir este mundo que nos duele. No podemos solos. No basta ni siquiera la fraternidad de los cercanos. Necesitamos también la fraternidad de los lejanos. No se trata solo de atraer la fraternidad de los iguales, sino también la de los distintos. No es la fraternidad de lo sencillo, sino de lo complejo.

Cuando Chiara decidió darse no puso límite, dijo todo, nos dio el mismo propósito que el evangelio: “Amar con los hechos”. Hay una tentación en muchas organizaciones que tenemos este horizonte de amar a los hermanos. Se dicen: “Tengamos para luego dar”. Es una buena aspiración, parece, pero ¿dónde está el límite? ¿Cuánto tengo que tener para comenzar a dar? Los poetas son como profetas de nuestro tiempo y de todos los tiempos.

León Tolstoi, el célebre dramaturgo ruso, cuenta la historia de Pahón en un breve cuento: ¿Cuánta tierra necesita un hombre? Es la historia de un hombre honesto que había trabajado mucho para su familia, pero no tenía tierras propias, razón por la cual permanecía en la pobreza. Supo de una mujer que vendía a buen precio su tierra, y así se entusiasmó. Se endeudó y trabajó duramente y pactó comprar parte del terreno. Al cabo de un tiempo y fruto de una buena cosecha, no solo canceló sus deudas, sino que acumuló para su futuro. Poco tiempo después conoció un viajero que lo alentó a migrar a otras tierras más productivas y de fácil acceso. Pensó que podía salir de donde estaba y mejorar su posición y así lo hizo. Triplicó su ganancia. Pero en poco tiempo se sintió insatisfecho, así que siguió en la búsqueda. Supo de las tierras de los “Bashkirs”. Dejó a su familia y allí fue. El precio era muy tentador. Era un valor fijo que equivalía al terreno que pudiera recorrer a pie en un día, eso sí, bajo la condición que pudiera volver al lugar de partida antes que se cumpla el día, de lo contrario, perdería el dinero. Llegó el día y comenzó a caminar. El sol hizo su tarea y comenzó a cansarse, pero era tal su ambición que siguió sin importarle demasiado. Se dio cuenta que estaba en peligro, “he deseado mucho y lo puedo echar todo a perder”, se decía. Comenzó a acelerar su marcha, se puso a correr. Comenzó a divisar la meta, al tiempo que los “Bashkirs” lo alentaban a correr más rápido. Tenía que llegar antes de la caída del sol. Logró llegar a la meta, pero tanto se había agitado que su debilitado corazón no resistió, y murió. El criado hizo una traza y cavó el pozo para sepultarlo. Dos metros de la cabeza a los pies, eso solo necesitaba. Pahón quería lo mejor para su familia, para su fraternidad cercana, pero olvidó al resto. La economía de las propiedades es estéril, no engendra descendencia. En cambio, las organizaciones que arriesgan, que se someten a lo provisional, a poner todo en juego, son las más atractivas; porque su fuerza está en la promesa, en la voz que la llama.

Instagram de la Escuela: @escuelachiaralubich

  1. Ana Maria Amarante 10 noviembre, 2022, 21:47

    Excelente Enrique. Magnifica escuela para estos tiempos. Se contruye de a poco y entre todos. Esa es una escuela nueva que mira al futuro.
    Todo es posible, con Fe, voluntad, esfuerzo, compromiso, entre todos.
    Magnifica propuesta
    Ana Marìa Amarante

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