Ciencia y religión, ¿un diálogo posible?

Ciencia y religión, ¿un diálogo posible?

La relación entre estas disciplinas estuvo marcada por conflictos a lo largo de la historia. Sin embargo, podemos destacar avances importantes en ese vínculo e intercambio necesario que ayudan al crecimiento de cada una.   

Uno de los regalos que trae el verano son los días prolongados y, con ellos, las puestas de sol después que llegamos a casa, en un horario donde podemos disfrutarlas. Personalmente, no me canso de contemplarlas desde hace décadas. Esas tonalidades siempre diferentes, los maravillosos trazos de la luz escapando entre las nubes, el cambio paulatino en los sonidos, todo el espectáculo siempre me fascina. Y, curiosamente, me transmite una misteriosa sensación de serenidad y de confianza. Tengo la impresión de comprender íntimamente por qué los artistas son capaces de ver tanto, donde muchas veces veo tan poco.

Observando el crepúsculo, cada tanto me divierto también elucubrando enrevesados cálculos mentales que involucran la refracción de la luz en la atmósfera, su dispersión en colores, el tamaño de las moléculas de agua, los aerosoles… y varias otras cosas aún más difíciles de comprender. La mente del científico rara vez descansa. La maravilla que el ser humano experimenta cuando percibe la belleza, deriva rápidamente en el deseo de atraparla con la razón.

Muchas veces recuerdo también a una mujer que encontró, justamente en un ocaso, las palabras para expresar su estupor ante la revelación del Verbo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, a quien llamó “el esplendor del Padre”1. 

Podemos encontrarnos con la naturaleza de muchas maneras. La ciencia, la religión y el arte representan, en cierto modo, otras tantas posibilidades de ese encuentro.

La ciencia aspira a encontrar la verdad, nada menos. Asume por supuesto una cierta manera de concebir la verdad, entendida principalmente como una correspondencia entre, por un lado, formulaciones racionales –en lo posible matemáticas– de las relaciones entre las cosas y, por otro lado, la manera en que las cosas realmente se relacionan.

Esas formulaciones se denominan “leyes naturales” o leyes de la naturaleza. Y tratan de condensar, en pocos símbolos matemáticos, conocimientos obtenidos laboriosamente durante siglos. En unas pocas líneas representan la clave para comprender, en cierto modo, lo que sucede en determinado ámbito de la naturaleza y al mismo tiempo, nos permiten actuar sobre ella. Gracias a nuestro conocimiento de esas leyes podemos construir puentes, levantar casas, recorrer calles y caminos, curar enfermedades, etcétera.

La ciencia ha desarrollado durante los últimos siglos, con un enorme esfuerzo colectivo, un método para encontrar esas leyes y asegurar que sean verdaderas –por lo menos en el modo en que la ciencia misma concibe lo verdadero–. Es lo que llamamos el método científico. Este método consiste sustancialmente en considerar que las afirmaciones que se hacen son válidas solamente si se pueden confrontar con la realidad, mediante experimentos que se puedan reproducir siempre y en cualquier parte.

Por la propia naturaleza de su método, las afirmaciones científicas sobre una cuestión particular pueden cambiar con el tiempo. Generalmente sucede porque se encuentran nuevos fenómenos que no pueden ser explicados con las leyes conocidas y requieren que estas sean reformuladas o cambiadas. Sin embargo, la ciencia trata de asegurarse de que ese proceso la acerque siempre más a la verdad.

Obviamente, el método científico es un método creado por seres humanos y por tanto es perfectible, además de estar influenciado necesariamente por las características de quienes lo creamos. Nunca podrá alcanzar un conocimiento totalmente independiente de quienes conocemos. Sin embargo, la evidencia muestra que con ese método podemos avanzar y producir mucho bien para la humanidad.

La religión, y en particular el cristianismo, que es aquello que conozco un poco más, es algo diferente. Al decir de Benedicto XVI, la fe cristiana es fundamentalmente un encuentro con una persona, que nos abre nuevos horizontes2. Se trata, por tanto, antes que nada, de la relación con una persona.

Ese horizonte que se abre no se limita al campo de nuestra interioridad. Es un horizonte que contiene una visión de todo, una intuición del sentido de todo, incluso de la naturaleza. De hecho, para los cristianos, como para el pueblo hebreo, la naturaleza es antes que nada Creación, aquello que Dios ha creado por amor y mantiene en la existencia para nosotros, para sus creaturas, siempre por amor.

La fe contiene por tanto una visión de la naturaleza y una comprensión de la verdad. Es decir, una intuición acerca de lo que la naturaleza verdaderamente es. La reflexión racional sobre la fe y sobre ese conocimiento que nos proporciona forma parte de la teología.

Por estos motivos la ciencia y la teología, justamente en cuanto reflexión sobre la fe, tienen un campo en común. Ambas se refieren necesariamente a algo, la naturaleza, que ambas intentan comprender de verdad. Recorren caminos diferentes que tienen en común algo muy importante: el acento en el uso de la razón, ese maravilloso don del ser humano.

A lo largo de los últimos siglos, y aún hoy, la relación entre ciencia y teología ha conocido conflictos. En parte causados por el legítimo reclamo de autonomía por parte de la ciencia, en parte por prejuicios de ambas partes, en parte por desconocimiento e incomprensión, y en parte también simplemente porque somos seres humanos, y aún nuestra búsqueda de la verdad suele tropezar con nuestras pequeñeces.

Sin embargo, el conflicto no es necesariamente la única relación posible entre ciencia y teología. Progresivamente ambas partes han ido reconociendo la legitimidad del conocimiento que la otra proporciona. Se han ido delimitando mejor los campos accesibles a cada una y sus métodos de trabajo. Y se ha ido afirmando el respeto a la independencia de cada una.

Aun así, a nuestro entender, la ausencia de conflictos, el respeto y la independencia no son suficientes. Es necesario un paso más, que afortunadamente se ha ido dando desde hace varias décadas. La humanidad necesita que la ciencia y la teología encuentren un diálogo.

En primer lugar, lo necesitamos quienes hacemos ciencia y a la vez somos creyentes, porque no podemos vivir con una división interior, con dos identidades separadas, una que funciona mientras hacemos ciencia y otra cuando salimos del laboratorio, del observatorio o de la oficina. Más aún, en realidad todos necesitamos ese diálogo entre el mundo de la ciencia y el de la religión. Nuestra sociedad cambia, cambia rápidamente, aun cuando muchas cosas permanecen incambiadas. Y los ciudadanos tenemos el deber y el deseo de participar en todas las decisiones que nos involucran. Pero en la actualidad no hay participación posible, real, en las grandes decisiones de la sociedad contemporánea sin conocimiento científico. Así como tampoco es posible abrirse a la complejidad del mundo sin conjugar la profunda sabiduría que las religiones atesoran acerca del cosmos y de nosotros mismos.

Por eso apostamos, aquí también, por el diálogo. La ciencia necesita tener con quién confrontarse, disciplinas que pongan en discusión valores, que la cuestionen desde afuera y desde lo más profundo. Y la teología necesita un punto de referencia certero en lo real. Como notara Juan Pablo II3, la ciencia necesita la teología para evitar sucumbir a la tentación de erigirse en un absoluto, siendo como es una actividad maravillosa, pero al mismo tiempo una actividad humana con sus luces y sus sombras. Por su parte, la religión necesita la ciencia porque sin ella, fácilmente podría convertirse en mera superstición.

Y para concluir, es bueno recordar que quienes realmente dialogan son siempre seres humanos. Personas que necesitan encontrarse auténticamente, abiertamente, con transparencia, que necesitan encontrar un lenguaje común, con el que puedan entenderse, y que también necesitan metas para conquistar juntos.

Artículo publicado en la edición Nº 638 de la revista Ciudad Nueva.

1. C. Lubich, en Nuova Umanità, XXX 2008/3 177, p. 285.

2. cf. Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1 y n. 28.

3. cf. Juan Pablo II, Carta al Rev. G. V. Coyne, sj., Director del Observatorio Vaticano, 1988, n. 28.

Deja un comentario

No publicaremos tu direcci贸n de correo.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.