Vacaciones diferentes

Vacaciones diferentes

El Espinal – Se trata de un pequeño paraje ubicado al sur de la provincia de Salta, en el departamento de La Candelaria, a unos 250 km de la capital salteña y unos 100 km de la capital de Tucumán, donde desde hace tres años un grupo de jóvenes comenzó a vivir unas vacaciones fuera de lo común.

Allá por enero de 2016 llegábamos a El Espinal unos 35 jóvenes y adultos de varias provincias de Argentina y de Paraguay, por una invitación de la Pastoral de Turismo a través de su Programa de Desarrollo de Turismo Solidario en la región, con la excusa de “vacacionar” a modo low-cost (bajo costo). Pero, para nuestra sorpresa, esos nueve días que pasamos allí fueron totalmente otra cosa. Desde el inicio todo fue una sorpresa: no tener un programa definido sino ir pensándolo juntos, dormir en la escuela albergue –centro vital de la comunidad junto con la capilla–, las faltas de comodidades –el agua fría, algún que otro corte de luz imprevisto, la falta de gas–.

Aún así, todo eso pasó desapercibido, porque la más grata sorpresa que nos llevamos fue la de compartir nuestro tiempo con la gente de la comunidad local. Desde el momento en que llegamos nos recibieron de la manera más cálida posible –y no me refiero al clima–, aún en su característica timidez. A través del compartir sus actividades cotidianas, como el trabajo en el tabacal o el hacer las compras en la huerta de algún vecino, ya no sentíamos que éramos unos simples turistas sino que empezamos a sentirnos parte y ellos de nosotros.

Esto se potenció aún mas al salir a visitar las casas –aún las más alejadas–, con la sola excusa de conocernos y entregar nuestro tiempo y entrar en contacto directo con las forma de vida de este pequeño pero rico paraje. Encontrarnos en el camino y entablar una conversación, jugar espontáneamente un partidito de fútbol, visitar la radio local, preparar entre todos la celebración de la Palabra diaria en la capilla, cocinar juntos comidas típicas, compartir el mate o el pan casero: ese compartir fue lo que dio el carácter de “misión” a estas vacaciones, un descubrimiento y una nueva experiencia para todos y que nos valió desde entonces el título de “los misioneros”.

Otra consigna que propusimos vivir fue la Regla de Oro: “Hacer a los demás lo que te gustaría que te hicieran a vos y no hacer a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a vos”, regla universal presente en tantas religiones y creencias distintas en todo el mundo. ¿Cómo? A través de actos de amor concretos: invitaciones a compartir una charla, una escucha, preparar actividades, paseos y momentos de recreación juntos como un cine-debate, una noche de talentos, una choripaneada, canciones, bailes y juegos. Siempre invitando a todos a compartir sus talentos.

¿Pero qué son unas vacaciones sin un poco de dispersión y relax?

Otro objetivo que se nos había propuesto desde la Pastoral de Turismo era ayudar a la población a reconocer el potencial turístico que posee y explotarlo en esos pocos días. Como parte de esas actividades hicimos caminatas, bañadas en el río, cabalgatas, actividades en la colmena y con la hilandera, visitas a los lugares más hermosos y recónditos de El Espinal y hasta un paseo en tractor por un estrechísimo camino bordeando el río. Y por supuesto, hubo también lugar para una que otra siestita con el ruido del agua de un pequeño canal de fondo.

Otra peculiaridad de estas vacaciones fue la posibilidad de compartir no solo con la comunidad sino también entre nosotros y con la vasta naturaleza que nos rodeaba: los imponentes paisajes montañísticos, los abruptos cambios de clima, el río helado y crecido, los animales y hasta las picaduras de bichos de todas clases. Fue fundamental esta expericencia de convivencia “en familia” entre el grupo para luego poder salir al encuentro de todos y cada uno. Desde las actividades más pequeñas y banales, como lavar los platos, poner la mesa, preparar la comida, limpiar el baño o tirar la basura se sintió que fue hecho con amor. No siempre fue fácil amar todo el tiempo, como pasa en cualquier familia, y a veces el clima, el cansancio o las incomodidades lo hacían más difícil. Pero siempre alguno estaba dispuesto, y hasta parecía sencillo, a recomenzar. Compartir experiencias, creencias, dolores, costumbres diferentes (siendo todos de diferentes ciudades) también se volvieron actividades cotidianas que contribuyeron aún más a construir esta nueva familia en El Espinal.

De esa primera experiencia pasaron ya tres años y tres ediciones de las “vacaciones diferentes”. Aunque el público se renueva y el escenario también –la escuela albergue fue remodelada durante el transcurso de 2016– el corazón de la experiencia sigue siendo el mismo: vacacionar y encontrarse con el otro que te espera, tal vez todo el año; y por qué no también encontrarse con uno mismo.

Para las siguientes ediciones se amplió aún más el espectro: ya no solo se apuntó a invitar a jóvenes sino a familias completas y a algunos adolescentes a pasar sus vacaciones en El Espinal. Y la experiencia, como era de esperar, fue más que rica para la comunidad y para todos los participantes.

Cambia también con el paso de las ediciones la acogida, porque la gente espinalera espera con ansías que sea enero para encontrarse de nuevo con “los misioneros” que vienen de tan lejos, dejando de lado cada año un poquito más, esa timidez que tenían al principio. Son ahora ellos quienes vienen a nosotros y nos abren las puertas de sus casas.

Para muchos que logramos hacer la experiencia más de una vez, volver a El Espinal es como volver a casa: encontrarse con tu familia y aprovechar con ellos hasta el último minuto. Esta es la sensación que deja hacer unas “vacaciones diferentes”.

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