La verdadera historia

La verdadera historia

Actualmente la mujer, y buena parte de la sociedad, luchan para alcanzar una igualdad en derechos que termine con aquellos mitos de la inferioridad femenina.

“Si la historia la escriben los que ganan… quiere decir que hay otra historia”, dice una conocida canción del rock nacional[i]. Celebrar el día –o el mes– de la mujer es una forma de escribir otra historia, aquella que narra los esfuerzos de las mujeres por alcanzar la igualdad, por salir de ese lugar de sombra, de inferioridad, de negación que le fue asignado ¿por la naturaleza?, ¿por el destino? Sin dudas no. Fue establecido como legítimo a través de un relato, aceptado y reproducido como verdadero, generando consecuencias hasta el día de hoy.

Nos queman las palabras, nos silencian

Silenciar al otro, no darle voz y hacerle creer que no la tiene ni la tendrá porque la naturaleza así lo dispuso, es la forma más eficaz de sometimiento.

Tal como expresan Eleonor Faur y Alejandro Grimson en su libro Mitomanías de los sexos, “El mito de la inferioridad femenina se usó para limitar, durante siglos, la autonomía de las mujeres, su acceso al saber y a las universidades, su derecho a participar de las decisiones sobre los destinos de la sociedad donde viven, e incluso su posibilidad de establecer reglas para sí mismas.”[ii]

Este mito se fortaleció argumentando científicamente esta inferioridad, afirmando una “naturaleza femenina” destinada a la reproducción y al cuidado, al mundo de lo sensible y a la debilidad y negándole el mundo de la razón y el poder.

Mainetti 6En el siglo XVIII había científicos, por ejemplo, avocados a demostrar la inferioridad femenina midiendo sus cerebros. Y en 2005, el presidente de la Universidad Harvard, una de las más prestigiosas del mundo, dijo en una conferencia que hay menos mujeres dedicadas a la ciencia y a la ingeniería porque hay habilidades innatas que hacen que los hombres triunfen en esas carreras. Dichos como éste no desaparecen todavía de la ciencia, ni de la política ni de la calle. Pleno siglo XXI, pensamiento del siglo XVIII.

Y así, este mito es la base de un sistema patriarcal (o machista) que incluye actitudes, prejuicios, discriminaciones y que se impone no solo mediante la fuerza, sino por la aceptación ideológica tanto de los hombres, como de las mujeres, convencidas de su posición subordinada. ¿Desde cuándo existe como tal? Desde muy antiguo y en casi todas las sociedades, pero con variantes. De acuerdo con Rita Segato, especialista destacada en el tema, investigadora de la Universidad de Brasilia, el sistema patriarcal se alimenta y profundiza en América latina con la dominación colonial europea, iniciada en el siglo XV, sumando machismo, racismo y capitalismo. Considera que previo a la intervención colonial existía un patriarcado de “baja intensidad”, en cambio el patriarcado colonial moderno es de “alta intensidad”, dado el aumento de la misoginia y la letalidad. Por lo tanto, si todas las mujeres ocuparon en la historia un lugar de desventaja, más lo fue (y lo sigue siendo) el de las mujeres pobres, indígenas, negras.

Afirma que en la actualidad “la rapiña que se desata sobre lo femenino se manifiesta tanto en formas de destrucción corporal como en las formas de tráfico y comercialización de lo que estos cuerpos puedan ofrecer, hasta el último límite. La crueldad y el desamparo de las mujeres aumentan a medida que la modernidad y el mercado se expanden sin precedentes”[iii].

El grado máximo de silenciamiento lo representan los femicidios, crímenes de mujeres realizados por un agresor que actúa convencido de que la mujer se lo merece. Ya no son “crímenes pasionales” como solía llamárselos, sino que corresponden a un grado extremo de la violencia machista, es decir, basada en una relación desigual de poder. Es por eso que se considera un agravante del homicidio en nuestro código penal a partir de 2012 y se establece la pena de prisión perpetua.

Según el informe de Femicidios en Argentina, realizado por la Asociación civil “La casa del encuentro”, durante 2016 hubo 290 femicidios y 401 hijos perdieron a sus madres, habiendo aumentado desde 2008 y calculándose que muere una mujer cada 30 horas.

¿Cómo puede ser que no se logre frenar semejante atrocidad y que además siga creciendo? Evidentemente existen todavía factores culturales  que alimentan este tipo de actitudes.

Mainetti 5Y la voz de la gente se oirá siempre…

Si bien a partir de los años noventa el tema se enmarca dentro de los Derechos Humanos, que sustentan leyes en los distintos países, la necesidad de cambiar mentalidades y actitudes cotidianas se vuelve indispensable para generar transformaciones profundas.

La masiva marcha “Ni una menos” del 3 de junio de 2015, en la que participaron hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos fue un punto de inflexión en este sentido, una muestra de una sensibilidad que crece, de un cambio que empieza a echar raíces, de la voz de la gente que se levanta y se hace escuchar en nombre de tantas voces silenciadas. Se generó en poco tiempo un movimiento de solidaridad de género que no es exclusivamente femenino sino inclusivamente humano, que no lucha contra “los hombres”, sino contra un sistema injusto y despiadado. Son cada vez más los hombres que adhieren a este cambio y van modificando dichos y conductas. También para ellos el machismo implica una desventaja, ya que impone un mandato que si no se cumple lleva a la humillación, al bullying e incluso a la muerte, en los casos extremos de homofobia. Es el mandato de fortaleza física y emocional, de agresividad, de competitividad sexual, económica, laboral, política. Por eso esa leyenda que suele verse en las manifestaciones: “Muerte al macho”, no significa muerte a los hombres, sino a lo que representa el “macho”, como símbolo de dominación, de superioridad sin límites, de silenciamiento del otro.

Quien quiera oír que oiga

Hay gente que considera que los temas de género están de moda, que molestan un poco pero que ya pasarán. Otros que los niegan y piensan que las mujeres inventan los acosos laborales para generar ventajas o que provocan a los hombres y por eso son violadas o que disfrutan los dichos groseros hacia ellas en la calle. Hay gente que no oye ni quiere oír que se está diciendo basta a ser subordinadas, menospreciadas, asesinadas; que cada vez se toleran menos los dichos machistas de cualquier clase, las letras de canciones que cosifican, los programas de tv que imponen modelos estereotipados.

Mainetti 2Es verdad que en menos de tres generaciones las relaciones entre hombres y mujeres han cambiado considerablemente, dejando a abuelas y abuelos desconcertados cuando sus nietas no piensan en casarse o tener hijos o cuando sus yernos hacen todos los quehaceres domésticos, o cuando los adolescentes se autoproclaman feministas. Por vivir una época de grandes cambios generacionales coexisten, junto a las nuevas actitudes, otras que evidencian que hay gente que hace oídos sordos a los reclamos y novedades que los tiempos traen. Todavía se sostiene que la mujer, si trabaja muchas horas fuera de la casa, es una mala madre y que es mejor contratar hombres porque las mujeres se embarazan. Y así son todavía evidentes las desigualdades en el trabajo, ya que hay muchas menos mujeres ocupando puestos jerárquicos y en algunos lugares nunca hubo. La conducción de universidades o de la Justicia siguen siendo mundos prácticamente masculinos.

Por eso, quien quiera oír debe transformar desde lo cotidiano actitudes que encasillan los roles o que asignan lugares, desde los aspectos más simples, como no regalarle cocinitas o muñecos solamente a las niñas o autitos solo a los niños, ya que hoy los hombres cuidan a sus bebés y las mujeres manejan.

Y quien oye, educa en una mirada crítica, que cuestiona esas prácticas patriarcales –aunque no sean tan evidentes– que siguen reproduciendo el mito. Todos podemos ser protagonistas en esta nueva historia, la que no discrimina ni daña ni mata, la que incluye, acepta, se abre, construye… la verdadera historia.

Nota: el presente artículo fue publicado en la edición Nº 595 de la revista Ciudad Nueva de este mes. Para acceder a todo el contenido podés suscribirte con diferentes opciones ingresando al siguiente link.

[i] El título y subtítulos hacen referencia a la canción “Quien quiera oír que oiga”, de Lito Nebbia.

[ii] Faur, E; Grimson, A. (2016), Mitomanías de los sexos, Buenos Aires: Siglo XXI.

[iii] Segato, R. (2013), La crítica de la colonialidad en ocho ensayos; Buenos Aires:Prometeo.

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