Chiara, la esposa de “Jesús Abandonado”

Chiara, la esposa de “Jesús Abandonado”

Tenemos que admitirlo: once años después de su muerte y en vísperas del centenario con el que en 2020 recordaremos su nacimiento, Chiara Lubich aún está por descubrir.

El mejor modo para acercarnos a lo más íntimo de su alma y comprender la sobreabundancia de luz, de alegría y de frutos que caracteriza su vida es mirarla tal como ella quería ser recordada, o sea, “la esposa de Jesús Abandonado”, es decir, de Jesús que en la cruz se siente abandonado también por Dios.

Lo dijo ella misma en una de esas conferencias telefónicas con las que cada mes reunía –en una única familia mundial– a las numerosas comunidades de los Focolares: “Quisiera ser recordada únicamente como la esposa de Jesús Abandonado”. Y comentaba: “Esta posible definición de mi vida (¡que Dios me ayude!), me ha parecido maravillosa, si bien altísima, aunque de momento sea mi «deber ser». Y sin embargo, he sentido que es mi vocación”.

La historia y la Iglesia dirán si en su momento acertó y si alcanzó esta meta, pero muchos indicios nos dicen que estas “nupcias con Jesús Abandonado” son el hilo de oro que entreteje la trama de su vida y explica su porqué.

Siendo todavía joven, le confió a su madre la oración que, a menudo, le repetía a Jesús secretamente en su corazón: “Concédeme sentir algo de tus sufrimientos, especialmente un poco de tu terrible abandono, para que esté más cerca de Ti y me parezca más a Ti, que, en la infinidad de tu Amor me has elegido y me has tomado contigo”.

Cuando, en el verano de 1949, Igino Giordani le pide si puede hacerle un voto de obediencia, ella transforma este deseo suyo en una petición a Jesús Eucaristía, esto es, que establezca entre ellos esa relación que Jesús quiere; y le dice a Giordani: “Tú conoces mi vida: yo no soy nada. Quiero vivir, en efecto, como Jesús Abandonado que se anuló completamente”.

Aquel pacto sellado después en Jesús Eucaristía marca el inicio de un periodo lleno de tal abundancia de luz que Chiara lo llamará Paraíso ’49 y, cuando al final del mismo, Giordani la convence a dejar aquel Cielo para regresar a la ciudad donde la humanidad la esperaba, brota de su corazón su más ardiente declaración de amor: “Tengo un solo Esposo en la tierra: Jesús Abandonado…”.

En 1980, cuando el pensamiento de la muerte la preocupaba, le pidió a Jesús que le diera un impulso decisivo para poder terminar bien su vida y Él le recordó cómo la había empezado: viendo y amándolo solamente a Él Abandonado. Le parecía que Él le dijese: “Mira que he esperado veinte siglos para revelarme a ti de este modo; si tú no me amas, ¿quién me amará?”.

Y cuando en el año 2000 escribió un libro resumen de toda su historia, como epígrafe escribió: “Como una carta de amor a Jesús Abandonado” y explicó: “Lógicamente, no lograré expresar todo lo que siento, o debería sentir, hacia Aquél por cuyo amor he afirmado varias veces que mi vida tiene un segundo nombre: Gracias.”

Durante décadas ha reconocido el rostro de su Esposo en sus sufrimientos personales y en las porciones de humanidad más afectadas por el mal y ha tratado de consolarlo. Al final, durante los tres últimos años de su vida, estuvo totalmente unida a Él en una noche oscura tan profunda que la llamó “noche de Dios”“Dios se ha ido lejos, también Él se pierde en «la línea del horizonte. Hasta ahí lo habíamos seguido, pero más allá de la línea del mar, detrás del horizonte, desaparece y ya no se ve más. Así pensamos. De modo que, cuando creíamos que las noches del espíritu se terminaban abrazando a Jesús Abandonado, nos damos cuenta de que en este caso entramos en Jesús Abandonado”.

Fuente: Movimiento de los Focolares

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