Simplemente la vida

Simplemente la vida

El alba de la medianoche/29 – Hemos sido engendrados para siempre; el mundo no será abandonado.

«La Biblia no es mi texto sagrado, si bien advierto su sacralidad, que deduzco de su capacidad para absorber el grito del mundo. El grito de dolor de Jeremías es prácticamente un aullido. Job aúlla. Isaías también. Es un texto sagrado hecho de desesperaciones, fracasos y una implacable fe en un Dios que no responde»

Guido Ceronetti, en una entrevista del 2013

«Palabra que dijo Jeremías, profeta, a Baruc, hijo de Nerías, cuando escribió estas palabras en el rollo, al dictado de Jeremías, el año cuarto de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá: Esto dice el Señor, Dios de Israel, para ti, Baruc: “Tú dices: ¡Ay de mí!, que el Señor añade penas a mi dolor; me canso de gemir y no encuentro reposo”. Dile esto: Así dice el Señor: … “¿Y tú pides algo grande para ti? No lo pidas. Porque yo he de enviar desgracias a todo ser vivo pero tú salvarás tu vida como botín adondequiera que vayas». (Jeremías 45, 1-5).

Es muy bonito que una tradición bíblica (el texto griego de los Setenta) haya querido poner como broche de oro del libro de Jeremías esta bendición a Baruc. Jeremías culmina su libro con una palabra de YHWH para su discípulo.

No sabemos mucho de Baruc. Este secretario-notario aparece en el libro de Jeremías dentro del gran relato de la compra del campo en Anatot (capítulo 32). Después se convierte en mucho más que un secretario-escribano: le acompaña en las tremendas horas de la toma de Jerusalén, transcribe dos veces sus palabras en el rollo (cap. 36), se las lee a la comunidad en el templo y después le sigue a Egipto. El texto data esta bendición más de veinte años antes de la ocupación babilónica. Pero el redactor final del texto – quizá el mismo Baruc –, violentando la sucesión cronológica de los hechos, coloca esta bendición en Egipto, al final de la vida de Jeremías. Es como un testamento, que puede haber sido escrito en un momento cualquiera de la vida, pero solo se revela y es eficaz al final. O como las vocaciones, que se desarrollan en el tiempo-kronos pero solo se comprenden al final, en ese tiempo-kairós distinto y único. A lo mejor Baruc tuvo que esperar más de veinte años, pasando por todas las pruebas de Jeremías y suyas, para comprender el sentido de esa bendición. La comprensión de esas palabras distintas exige siempre la vida entera, a veces incluso no basta una vida.

Baruc es la imagen del discípulo bueno de un profeta. Es la pluma de la voz. Aprende las palabras de YHWH escuchando las palabras de Jeremías. Padece sufrimientos y angustias parecidos (“me canso de gemir y uno encuentro reposo”), posiblemente los mismos en algunos momentos decisivos. Esta asociación nos desvela algo de la dinámica típica de la relación entre un profeta (y quien ha recibido un carisma) y sus discípulos. El primer encuentro con el profeta se puede producir en distintos contextos. Es posible que Baruc lo conociera trabajando, realizando su oficio de escribano-transcriptor de un contrato. Si es así, aquel contrato tan laico se convirtió en sacramento de otra llamada decisiva, que alteró su vida y su trabajo.

La llamada del discípulo del profeta es una vocación distinta, pero va unida a la del profeta. El profeta recibe la palabra directamente de YHWH. También el discípulo recibe una palabra directa y personal, pero solo la puede comprender en una relación dinámica con el profeta. Baruc sabe que sin un lazo, profundo y misterioso pero esencial, con la tarea, el destino y el desarrollo de Jeremías, él no puede desempeñar su tarea, ni entender su palabra y realizar su destino, ni tampoco desarrollarse. La vida del discípulo es un “cuerpo a cuerpo” personal. No es un simple seguidor del profeta. Vive un seguimiento múltiple: sigue al profeta, a la voz que habla en el profeta y a la voz que habla en su alma. La belleza típica de los discípulos de los profetas consiste en permanecer y crecer dentro de este específico triálogo. A algunos profetas puede bastarles el diálogo, pero los discípulos necesitan un número más, dos no es suficiente. Por eso, el error más típico y frecuente de los seguidores de un profeta consiste en reducir el triálogo a diálogo, bien anulando la voz en su propia conciencia, bien prescindiendo del profeta para ir directamente a la fuente de las palabras (“¿y tú pides algo grande para ti?”), bien – este es el caso más común – identificando la voz del profeta con la de YHWH (y haciendo del profeta un ídolo). Para convertirse en discípulos adultos, no hay que reducir el tres a dos.

El discípulo tiene, pues, un papel activo, dinámico, responsable y creativo. Un discípulo que solo sea discípulo no es un buen discípulo. Baruc con el tiempo se convierte en compañero, socio, consejero y tal vez co-autor de palabras que, al ser escritas, pasan de ser palabras de Jeremías a ser palabras también de Baruc. La Biblia – como la vida – es grande porque es más grande que las palabras de sus protagonistas principales. Probablemente durante las largas esperas de la palabra, como los diez larguísimos días transcurridos en el campamento de Belén (42,7), Jeremías dialogaría con Baruc, compartiría con él el sentido de ese silencio, las incertidumbres, los miedos y las esperanzas. Tal vez podamos descubrir un rastro de estos diálogos secretos en la acusación que le dirigen los supervivientes: «Baruc, hijo de Nerías, te incita contra nosotros, para entregarnos en manos de los caldeos» (43,3).

Quien es o ha sido discípulo de un profeta conoce bien los diálogos silenciosos, los penosos acompañamientos del alma, la búsqueda de la propia no-luz en los ojos del otro. Incluso la co-escritura de palabras donadas. Si Baruc no hubiera sido más que un simple secretario de Jeremías, su nombre no habría sido elegido más tarde para un libro bíblico y para otros escritos apócrifos y apocalípticos.

Si es cierto que el discípulo tiene una necesidad absoluta del profeta, no es menos cierto que el profeta necesita discípulos, al menos uno. Quién sabe cuántos profetas no habrán dejado huella por falta de un Baruc, o porque su Baruc no fue tan adulto, fiel y resiliente como el profeta. Esta reciprocidad misteriosa está en el corazón de la vida carismática del mundo, que hace de la profecía, que es tal vez la experiencia más individual bajo el sol, una experiencia colectiva, transformando una voz interior en una realidad social.

Esta relación entre Jeremías y Baruc encierra también una imagen espléndida de la paternidad. El hijo recoge nuestra palabra, escribe nuestro nombre. Asiste y acompaña nuestros sufrimientos, nuestros fracasos, nuestra fidelidad y nuestra infidelidad. Sella la compra de nuestro campo y al final ve que no volvemos a casa, porque el campo comprado no era para nosotros. Recoge nuestro testamento. El hijo no puede entrar en esa esfera íntima del conocimiento donde cada uno escucha en solitario su voz, pero nos ayuda a entenderla e interpretarla con su sola presencia. Después, un día recibe nuestra última bendición y nosotros nos damos cuenta de que no hemos podido ahorrarle los sufrimientos y las angustias de todos, y que el único don verdadero, “botín” y herencia, es sencillamente la vida. Y después salimos de escena, esperando haber cumplido simplemente con nuestro deber, hasta el final. Cada hijo escribe nuestra promesa, es testigo, es herencia, es notario de nuestro testamento. Es el alba a medianoche.

No sabemos mucho del Jeremías de la historia, pero sí sabemos mucho, casi todo, del Jeremías del libro. Esto nos basta. Su libro no nos habla de los últimos días de Jeremías ni de su muerte. Desaparece como Moisés, como Isaías. No mueren como héroes, porque no vivieron como héroes. Recibieron una vocación, una tarea, una misión y simplemente la desempeñaron hasta el final. Pero al vivirla nos enseñaron qué quiere decir una vocación, qué significa una palabra olvidada y borrada por nuestra generación: para siempre. Y después se van, como se van los amigos, los padres y los maestros. Y nosotros nos quedamos más solos.

Este Jeremías, seducido por su Dios, nos ha seducido a nosotros. Nos hemos parecido un poco a Baruc. A lo mejor nosotros también le hemos conocido trabajando – ¿qué hay más vocacional que el trabajo? -, nos ha seducido con sus palabras inmensas e infinitas y libremente hemos decidido seguirle. Con él hemos asistido a la caída de Jerusalén y de nuestros templos. Si no leemos a Jeremías sentados sobre las ruinas de nuestras religiones, de nuestro pueblo y de nuestros sueños más grandes, no nos seducirá ni nos cambiará. Le hemos visto colgarse un yugo al cuello, romper una jarra, ser torturado en la cárcel. Nos hemos alegrado con él cuando un eunuco le ha liberado. Después le hemos seguido a Egipto, hemos sido deportados con él y hemos acabado entre ídolos dorados y brillantes. Hemos escuchado una vez más su condena de la idolatría, hemos entendido que la tentación de la idolatría estaba dentro de nosotros y hemos intentado volver a creer en esa palabra desnuda, invisible y distinta.

Hoy hemos escuchado esta última bendición, y hemos sentido que era y es también para nosotros: “tú salvarás tu vida como botín adondequiera que vayas”. Hemos descubierto que esta bendición de Baruc se parece mucho a la bendición de Jeremías al eunuco etíope (39,18), un descartado, un extranjero, una víctima. Las bendiciones de los profetas son sobre todo bendiciones para las víctimas, para los pobres, los perseguidos, los mansos y los afligidos. Solo conocen estas bienaventuranzas. Nos las repiten y nos las repetirán siempre, como eternos mendigos de nuestra escucha, que siempre será demasiado escasa.

Nosotros también debemos dejar que Jeremías salga de escena. No sin el dolor típico y grande de quien se despide de un amigo de verdad. Sabe, espera que vuelva, pero la separación duele siempre. Quiero que también en esta ocasión, al terminar el comentario de este libro para Avvenire, mi última palabra sea un gracias plural, grande, sincero y emocionado. Gracias a la Biblia, porque sigue alimentándome sin saciarme. Gracias a Jeremías, maestro inmenso de vida, compañero necesario para aprender el oficio de vivir. Gracias a ustedes, lectores que, como Baruc, han seguido conmigo a Jeremías en este largo camino que ha durado seis meses y ha pasado volando porque “un día con los profetas es como mil años fuera de ellos”. Y gracias, como siempre, al director Marco Tarquinio que sigue regalándome su confianza generativa.

A partir del domingo que viene retomaremos el tema de las Organizaciones con Motivación Ideal (OMI), con la seguridad de que las palabras que nos ha regalado Jeremías nos ayudarán a conocer un poco mejor la gramática de los ideales que se convierten en organizaciones y comunidades. «Y el Señor me dijo: el mundo no será olvidado». (Apocalipsis Sirio de Baruc, IV).

Publicado en Avvenire el 05/11/2017

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