Recuerdan al sacerdote focolarino Guillermo Curti fallecido recientemente

Recuerdan al sacerdote focolarino Guillermo Curti fallecido recientemente

“El padre Guillermo se destacaba por su transparencia, su humildad, su amor por las personas, por las cosas y por la vida. Era una persona amable, fácil de querer. Sabía conquistarse el afecto de las personas haciéndose prójimo, acercándose”. Así recuerdan al padre Guillermo Curti, sacerdote focolarino, fallecido el pasado 9 de mayo en la Mariápolis Lía en la localidad bonaerense de O’Higgins.

“Guille”, como todos lo llamaban, había nacido el 17 de febrero de 1934 en Reggio Emilia (Italia).
Su padre fue perseguido por el régimen fascista, por sus ideas socialistas, lo que obligó a la familia a trasladarse a Génova. Aún siendo un niño, Guillermo tiene su primer encuentro con el dolor: le explota en la mano un dispositivo que encontró mientras jugaba, causándole graves heridas en las manos, que luego de varias operaciones logró rehabilitar.

Provenía de una familia humilde. Tenían lo justo para vivir, pero no mucho más. Tenía dos hermanas: la mayor Noemí, quien vino a vivir a Buenos Aires después de casada y Norma, menor que Guillermo también focolarina, estuvo muchos años en Brasil y actualmente en Roma.

Gracias a un amigo conoció el espíritu del Movimiento de los Focolares y haciendo suyo el lema de vida que le había dado Chiara Lubich, fundadora de los focolares: “Vayan e incendien todo con el amor”, desarrolló una intensa actividad apostólica en América latina. Desde 1967 en el Brasil, luego en Uruguay y después en la Argentina, en Buenos Aires y Rosario hasta establecerse con Victorio Sabbione en la Mariápolis permanente de O’Higgins.

En 1986 fue ordenado sacerdote por el obispo de Aachen (Aquisgrán), monseñor Klauss Hemmerle, en la ciudadela ecuménica Ottmaring de Alemania. A la alegría de su sacerdocio se unió el contar con la presencia de Chiara Lubich en su ordenación.

El obispo de Mercedes-Luján, monseñor Agustín Radrizzani SDB le confió al padre Guillermo junto a una focolarina la pastoral del diálogo ecuménico en la arquidiócesis. Desde este apostolado supo ganarse el afecto y la amistad de los pastores de las distintas iglesias cristianas, visitándolos con frecuencia, participando en los festejos de sus comunidades, construyendo un clima de diálogo y amor recíproco que precedía a los momentos de celebraciones conjuntas en la semana por la unidad de los cristianos.

Son muchos los testimonios que subrayan su juventud espiritual con la que atraía la confianza de adultos y jóvenes. Destacaron su sensibilidad de buen confesor, su humildad, simpatía y amor por las personas y por la vida.

“Tu alegría fue mi ejemplo; tu mirada, un consuelo y nuestras charlas van a quedar guardadas en mi corazón por siempre. Hoy llegaste a tu fiesta en bicicleta, con el iPhone y tus Crocs! ¡El cielo canta de alegría!”, escribió una joven en la carta leída durante la misa exequial del padre Guillermo, el jueves 10 de mayo en la Mariápolis Lía, lugar donde sus restos descansan en paz.

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