Nobel de Medicina a los investigadores de nuestro reloj interno

Nobel de Medicina a los investigadores de nuestro reloj interno

Premiados los avances de tres científicos estadounidenses en el estudio del ritmo circadiano, que controla funciones como el sueño o la producción de hormonas.

Comenzó la entrega de los premios Nobel de ese año. El de medicina ha sido asignado a los científicos estadounidenses Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young “por sus descubrimientos de los mecanismos moleculares que controlan el ritmo circadiano”, según el jurado del Instituto Karolinska de Estocolmo, responsable del galardón.

El premio está dotado con nueve millones de coronas suecas, unos 940.000 euros.

Las investigaciones de los tres científicos han permitido conocer la presencia en nuestros organismos de una suerte de reloj interno sincronizado con las vueltas de 24 horas que da el planeta Tierra.

Muchos fenómenos biológicos, como el sueño, ocurren rítmicamente alrededor de la misma hora del día, gracias a este reloj interior. Su existencia fue sugerida hace siglos. En 1729, el astrónomo francés Jean-Jacques d’Ortous de Mairan observó el caso de las mimosas, unas plantas cuyas hojas se abren durante el día hacia la luz del Sol y se cierran al atardecer. El investigador descubrió que este ciclo se repetía incluso en una habitación a oscuras, lo que sugería la existencia de un mecanismo interno.

En 1971, Seymour Benzer y su estudiante Ronald Konopka, del Instituto de Tecnología de California, dieron un salto trascendental en la investigación. Tomaron moscas del vinagre e indujeron mutaciones en su descendencia con sustancias químicas. Algunas de estas nuevas moscas presentaban alteraciones en su ciclo normal de 24 horas. En unas era más corto y en otras era más largo, pero en todas ellas estas perturbaciones se asociaban a mutaciones en un solo gen. El descubrimiento podría haber merecido el Nobel, pero Benzer murió en 2007, a los 86 años, por una apoplejía. Y Konopka falleció en 2015, a los 68 años, de un ataque al corazón.

Han recibido el premio los tres estadounidenses que han seguido en la investigación sobre el tema. Hall (Nueva York, 1945), Rosbash (Kansas City, 1944) y Young (Miami, 1949). Los tres utilizaron más moscas en 1984 para aislar aquel gen, bautizado “periodo” y asociado al control del ritmo biológico normal. Posteriormente, revelaron que este gen y otros se autorregulan a través de sus propios productos —diferentes proteínas— generando oscilaciones de unas 24 horas. Este avance se constituyó como un verdadero “cambio de paradigma”, en palabras del neurocientífico argentino Carlos Ibáñez, integrante del Instituto Karolinska. Cada célula tenía un reloj interno autorregulado.

La comunidad científica ha constatado desde entonces la importancia de este mecanismo en la salud humana. Este reloj interior está implicado en la regulación del sueño, en la liberación de hormonas, en el comportamiento alimentario e incluso en la presión sanguínea y la temperatura corporal. Si, como ocurre en las personas que trabajan en turnos de noche, el ritmo de vida no sigue estas indicaciones provenientes de su organismo, puede aumentar el riesgo de enfermedades como el cáncer y también trastornos neurodegenerativos, según destaca Ibáñez. “El sueño es vital para la función cerebral normal. Las disfunciones circadianas se han vinculado a trastornos del sueño, a depresiones, al trastorno bipolar, a la función cognitiva, a la formación de la memoria y a algunas enfermedades neurológicas”, añade el científico argentino. En efecto, el síndrome del cambio rápido de huso horario, el famoso jet lag que sufren quienes viajan en avión de un huso a otro, es un ejemplo típico de la incidencia de este reloj interno.

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