La economía de la pequeñez

La economía de la pequeñez

Más grandes que la culpa/9 – El trabajo nunca es un obstáculo para la vocación.

«Una vez Rabí Búnam estaba orando en una posada. Luego dijo a sus discípulos: “A veces parece imposible rezar en un determinado lugar y uno va en busca de otro sitio. Pero eso no es justo. Porque el lugar que hemos abandonado se lamenta tristemente diciendo: ’¿Por qué te niegas a hacer tus devociones aquí, conmigo?’ Si tienes inconvenientes, ellos son el signo de que está en tu mano redimirme”».

Martin Buber, Cuentos jasídicos

El declive de Saúl se entrecruza con el ascenso de David, una estrella luminosa de la Biblia, tal vez la más luminosa del Antiguo Testamento. Es el personaje bíblico cuyo corazón conocemos mejor. No es casual que esta palabra aparezca ya en el primer relato de su vocación («Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia. El Señor ve el corazón»: 1 Samuel 16,7).

Abraham y Moisés son figuras inmensas en la Biblia, aun más centrales que David para la historia de la salvación. De ellos conocemos sus empresas, sus palabras y sobre todo su fe. Esto es suficiente para hacer de ellos dos pilares del pueblo y de la alianza. Pero el corazón de Abraham o de Moisés no lo conocemos, o lo conocemos muy poco. El Sinaí y el monte Moria son lugares de grandes diálogos, tal vez los mayores de todos, pero el texto bíblico no nos dice qué acontece verdaderamente en el alma de Moisés y de Abraham. Deja que lo imaginemos, y gracias a ello los escritores y los artistas a lo largo de los siglos han podido “completar” las historias íntimas de estos hombres de Dios, que el texto bíblico se limitaba a sugerir o susurrar.

En cambio, la Biblia sí que nos abre el corazón de David, dejándonos entrar en su interioridad, en sus emociones, en sus sentimientos y en sus tragedias. La narración de su historia llena algunas de las páginas más emocionantes y sublimes de la literatura antigua. David se convierte en un rey muy amado, aunque sea más pecador y “pequeño” que otros personajes bíblicos. David se parece a Jeremías. Los dos recibieron la llamada siendo jóvenes, los dos fueron seducidos en el corazón, los dos fueron grandes en empresas y gestos, pero sobre todo los dos fueron amados por las páginas de sus diarios del alma, por sus intimísimos cantos y salmos del corazón. Con David, el sonido, el canto y la amistad se convierten en palabra de Dios. Los valores y sentimientos humanos adquieren derecho de ciudadanía en el corazón de la Biblia, que es el gran código de nuestra civilización, no tanto porque nos hable de Dios de una manera distinta, sino porque nos habla de los hombres y de las mujeres de otra manera, porque nos habla de manera distinta de nosotros mismos, porque nos dice quiénes somos.

«El Señor dijo a Samuel: “¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado como rey de Israel? Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey”» (1 Samuel 16,1). La nueva palabra de Dios para Samuel comienza con una referencia a Saúl. Samuel llora por Saúl rechazado. El texto no nos dice por qué llora Samuel. Pero podemos pensar que Samuel viviría con dolor el rechazo de Saúl por parte de YHWH. Él mismo lo había buscado y consagrado; después le había besado y había participado con alegría en la fiesta de su entronización. El fracaso de Saúl es también el fracaso de Samuel, como ocurre en la vida cuando la falta de éxito de aquellos que elegimos para desempeñar una tarea se convierte también en nuestra falta de éxito. Quienes guían comunidades y organizaciones saben que no es posible desengancharse de los fracasos de las personas en quienes han confiado. Aunque la responsabilidad objetiva de la falta de éxito no sea nuestra, el pacto que crea el encargo y la tarea es una reciprocidad encarnada. Y, como en todos los pactos, el fracaso del otro supone también el propio. Es verdad que Samuel, juez y profeta, actuaba y hablaba por mandato de YHWH. Pero el profeta honesto, en el momento en que pronuncia la palabra recibida, se hace personalmente solidario con la palabra que dice. Siempre, pero sobre todo cuando las cosas van mal.

En el llanto de Samuel por el rechazo de Saúl, después de sus gritos («Samuel se entristeció y se pasó la noche gritando al Señor» 15,11), se repite la misteriosa y maravillosa dinámica de la palabra y de la profecía en la Biblia. La profecía vive de un doble pacto de fidelidad: uno entre Dios y el profeta y otro entre el profeta y la palabra. Cuando Samuel actúa y habla en base a la palabra recibida, comienza una solidaridad-fidelidad entre el profeta y las palabras que pronuncia, que llega hasta el deber ético de sentir en su carne el dolor por una palabra que no se cumple por razones que él no puede controlar.

El profeta no es una máquina, no es un mediador indiferente entre Dios y el mundo. Al contrario, es un canal vivo y encarnado, y cuando la palabra lo atraviesa para llegar a la tierra y hacerse eficaz, él se convierte en parte de las historias y de las acciones que la palabra obra, y sigue su misma suerte. Un Samuel que no llorara por una palabra de YHWH malograda no sería un profeta responsable. Sería simplemente un falso profeta, indolente ante el fracaso de las palabras pronunciadas, como si esas palabras solo fueran vanitas, humo, fake news. La unción de Saúl surgió de una palabra auténtica y como tal actuó, fue eficaz, cambió la realidad, para siempre. «Te convertirás en otro hombre» (10,6), le dijo Samuel a Saúl el día de su unción. Si esa palabra era verdadera, tenía que ser eficaz. Dios cambió de idea y/o Saúl pecó, pero el llanto de Samuel nos dice que las palabras no son viento, y que Samuel era un profeta honesto. Nos dice el inmenso valor de la palabra y de las palabras en la Biblia. Y en la vida.

Samuel se pone en camino hacia la casa de Jesé: «Cuando llegó, vio a Eliab, y pensó: “Seguro, el Señor tiene delante a su ungido”. Pero el Señor le dijo: “No te fijes en las apariencias ni en la buena estatura”» (16,6-7). Samuel parece confuso, en una escena que nos recuerda mucho a la llamada de Saúl mientras buscaba unas burras perdidas. A Samuel, en efecto, le llama la atención el aspecto y la estatura del primogénito de Jesé (Eliab), un joven de características parecidas a las de Saúl (alto y guapo). Jesé presenta a sus siete hijos, pero «Samuel le dijo: “Tampoco a estos los ha elegido el Señor”» (16,10).

La narración da un vuelco: «Luego preguntó a Jesé: “¿Se acabaron los muchachos?” Jesé respondió: “Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas”. Samuel dijo: “Manda a por él”» (16,11). El octavo hijo, el más pequeño, el ausente, el pastorcillo, llega a reunirse con Samuel y el resto de la familia: «Era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel: “Anda, úngelo, porque es este”. Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante» (16,12-13).

Esta espléndida escena debía ser aún más rica en detalles en las primeras narraciones antiguas (que se han perdido). En la Biblia, el mérito es radicalmente distinto de nuestra meritocracia. Llaman la atención algunos detalles, que adquieren un enorme valor teológico y antropológico. La estructura narrativa del texto nos muestra un diálogo entre YHWH y Samuel, donde incluso Dios necesita ver el rostro de David antes de decir a Samuel: “Úngelo, porque es este”. En la Biblia ciertamente hay un humanismo de la palabra, pero también un humanismo de la mirada y de la vista, desde la primera mirada de Elohim sobre el Adam, cuando vio que “estaba muy bien”, o la segunda mirada “a los ojos” entre dos humanos, hasta la mirada entre Jesús y un joven rico: “mirándole, le amó”. David es el más pequeño de los hermanos.

Su padre Jesé ni siquiera le ha invitado al banquete del sacrificio, dado que su edad no le permite participar en los sacrificios. Estamos inmersos en otro gran episodio, tal vez el mayor de todos, de la economía de la pequeñez, que atraviesa toda la Biblia y representa un alma suya muy profunda.

La Alianza, la liberación, la conquista – protección de la tierra y la profecía están vivas gracias al diálogo vital y fecundo entre fuerza y debilidad, entre grandeza y pequeñez, entre ley y libertad, entre institución y carisma, entre tiempo y profecía. Es la trama y la urdimbre de la historia de la salvación. Solo juntas muestran las formas, los colores y la belleza del diseño de la humanidad. Pero en los momentos decisivos de esta historia, la Biblia nos dice que la co-esencialidad de estos dos principios no llega a negar la primacía de la oikonomia de la pequeñez. La pequeñez de Abel, la de las mujeres estériles y madres, la de José, la de Amós y Jeremías, la de David, la de Belén, la de las bienaventuranzas, la del Gólgota.

La lógica de la economía de la pequeñez nace directamente de la idea de Dios, de persona y de relaciones que contiene la Biblia. Nos dice que YHWH es una “leve voz de silencio” y su templo es un templo vacío. Es una voz. No se ve ni se toca. Elige como aliado al más pequeño de los pueblos. Se hace niño y después deja que su niño y los nuestros cuelguen de una cruz. Pero también nos dice que la vida espiritual de una persona florece verdaderamente el día en que comienza a intuir que la salvación se encuentra en eso tan pequeño que ni siquiera ha sido “invitado al banquete”, en los fracasos de ayer, en las heridas del alma, en las preguntas que hemos rechazado, en los pecados y en las limitaciones que no queremos ver. Tomar en serio esta economía de la pequeñez nos lleva a ver el mundo de otra manera. A buscar a los reyes de mañana entre los descartados y los pobres de hoy, a tomar en serio a los jóvenes y a los niños, a encontrar méritos donde la oikonomia de la grandeza solo sabe ver deméritos.

Para terminar, llama la atención un pequeño detalle, tan humilde que muchas veces pasa desapercibido. Mientras Samuel pasa revista a sus hermanos, David está “cuidando las ovejas”. Es el único varón de la familia era que en ese momento está trabajando (podemos imaginar que sus hermanas y su madre también lo están). Está cuidando las ovejas, como Moisés en el monte Horeb. El trabajo no supone un obstáculo para nuestras llamadas más grandes, sencillamente porque las vocaciones y las teofanías más importantes y verdaderas acontecen mientras “cuidamos las ovejas”. Es un canto estupendo a la laicidad y al trabajo. Para descubrir nuestra vocación y por tanto comprender cuál es nuestro lugar en el mundo, lo mejor que podemos hacer es trabajar.

Publicado en  Avvenire el 18/03/2018

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