El vino para una buena comida

El vino para una buena comida

Tomar un buen vino durante una comida puede resaltar un buen plato, ayudar en la digestión y permitirnos una experiencia placentera.

Si alguien la recuerda, una vieja película de fines de los ochenta, La fiesta de Babette, destacaba cómo una comida preparada con cariño y con esmero, acompañada por las bebidas adecuadas, nos predispone positivamente.

Por supuesto, el vino no es la única bebida adecuada. Puede ir bien el agua, acaso enriquecida con un poco de lima o limón, o con pedacitos de jengibre, tajadas de manzana verde… así como un jugo de fruta o la cerveza. Sobre gustos no hay nada escrito y, además, hay personas que no toleran el alcohol, por una u otra razón. Pero aquí el objetivo es utilizar algunas sugerencias para usar, se espera, bien el vino.

Antes, se creía rigurosamente que no era de buen gusto utilizar el vino blanco para la carne y el tinto con el pescado, siendo que la regla indicaba que fuera al revés. Hoy se entiende que se puede acompañar un buen pescado con un tinto, y una carne de pollo o de cerdo con un blanco. Todo depende del grado de conocimiento que tenemos del vino y de nuestro paladar.

Comenzamos por tener presente algunas buenas reglas. En primer lugar, no está demás repetirlo: si luego deberá manejar, no tome alcohol. Y no vale la pena discutir si es un vaso, medio vaso o dos. Lo mejor, es que no tome.

Si puede tomar y piensa tomar más tipos de vino, conviene siempre pasar de un vino de menor graduación alcohólica a uno de mayor graduación. A veces, mezclar al revés no ayuda y a algunas personas les puede hacer efecto más rápidamente. Por ejemplo, puede programar una entrada acompañada por un blanco bien seco, seguido por un plato más fuerte acompañado por un syrah y una carne asada acompañada por un cabernet sauvignon. Por lo general, servir antes los blancos y luego los tintos, los jóvenes antes de las cosechas antiguas, los ligeros antes de los con más cuerpo, los secos antes que los dulces.

El vino blanco se sirve frío, bien frío. En la botella encontrará una indicación acerca de la temperatura más adecuada. Se acompaña mejor con mariscos, pescados, carnes blancas, también con pastas y arroz o algunos pasteles de verdura.

Si bien en todos lados hay buenos vinos blancos, es cierto que en la Argentina no se destacan por su calidad. En este sentido, prefiera un vino chileno o un blanco de calidad muy segura. Suelen ser muy afrutados, dejan una presencia de esencias durante largo tiempo en el paladar.

El tinto, en cambio, se toma a temperatura ambiente. Aclaremos, que por “ambiente” se entiende el de la bodega, lugar más bien fresco y con poca luz, no la cocina en la que, en verano, entre las hornallas encendidas, el sol que pega y el día caluroso se llega a los 40 grados. El tinto se toma más o menos a unos 18 grados de temperatura.

Conviene descorcharlo una media hora antes de servirlo. Si no lo pudo hacer, procúrese de una botella de vidrio de cuello ancho (las hay muy baratas) donde pasará el vino. ¿Por qué razón? Porque el vino necesita “airearse”, luego de tanto encierro, liberar sus aromas y eliminar algún resto del aroma del corcho. Puede haber vinos de alta calidad que requieran ser decantados, son vinos de años de guarda. Pero por lo general lo indica la botella. De todos modos, verá la diferencia al haberle dado tiempo al vino de expresarse con todo su potencial.

Un error, sobre todo de aquellas personas que no están acostumbradas al vino, es el de apresurarse. Tomen poco, una copa o dos pueden ser suficiente. Traten de saborearlo, comparen los sabores del plato con los aromas del vino. El vino no es como el agua que tomamos para saciar la sed. Alguien que se toma un par de copas de este modo, pronto no estará en condiciones de apreciar nada. El vino, en cambio, es un acompañante, un resaltador de sabores que permite disfrutar más el plato. Por eso, será más agradable y lo disfrutará más, tomando pequeños sorbos.

Si han preparado un asado, una carne al horno, un cordero, es decir un plato realmente sustancioso, podrán aprovechar un buen cabernet sauvignon. Es un vino con cuerpo, con sabores, que se acopla fácilmente con los platos fuertes. Prueben también un buen carmenere (especialidad chilena) o un buen malbec (especialidad argentina). Algunos prefieren el merlot, que es un pariente cercano del cabernet. Es más suave y difícilmente los traicionará. Los gustos femeninos suelen premiar el syrah (cepa originaria de Irán, de la región de Shiraz). Pero los hay que agradan absolutamente a todos.

Traten de dar con una marca que les guste y que les haga sentir cómodos con sus platos. Es para evitar sorpresas desagradables del vinito recomendado por un pariente y que termina siendo una experiencia negativa. Si bien el tema de la relación precio calidad no tiene soluciones absolutas, por lo general, un vino barato difícilmente es bueno. Sin llegar a la locura, se puede aprovechar una oportunidad para un vino de gama mediana, al alcance de nuestro bolsillo.

Un consejo final respecto del vino para el postre. Si dispone de un vino dulce adecuado, va bien. Pero por lo dicho antes, los vinos champagne (o espumante) al final de una comida, no suelen ser lo más aconsejable. Si quiere hacer un gasto y servir champagne, tómelo durante toda la comida. Viceversa, mire que también un buen tinto puede acompañar un postre. Acaso ese cabernet o ese malbec o carmenere que han disfrutado durante la comida.

Está todo dicho. Buena comida y buen año. Y, por favor, no lo olviden nunca: se cocina para los demás, pensando en cada comensal, en aquellos que les gusta, en aquello que les puede agradar, metiendo ese toque que hace sentir a cada una y cada uno que pensaron en ellos. Esta es la diferencia entre cocinar y preparar de comer.

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