El don nuevo del Dios fiel

El don nuevo del Dios fiel

El alba de la medianoche/14

«Hermano ateo, que piensas con nobleza, y buscas a un Dios que yo no sé darte, atravesemos juntos el desierto. De desierto en desierto, más allá de la jungla de las fes, vayamos libres y desnudos, hacia el desnudo Ser, y allí, donde la palabra muere, acabe nuestro camino»

Davide Maria Turoldo, Cantos Últimos

Podríamos narrar la vida como la historia de sus crisis. La Biblia está llena de historias así, pero no nos damos cuenta porque en los textos bíblicos buscamos verdad, palabras religiosas y consuelo. De este modo, nos perdemos las páginas más grandes de la Biblia, que solo se abren cuando conseguimos llegar hasta los hombres y las mujeres que están detrás de las palabras de YHWH, a los seres enteramente humanos que las pronunciaron.

La palabra de la Biblia no nos cambia si no nos dejamos tocar en la carne por sus hombres y sus mujeres, si no les damos permiso para que entren en las estancias más íntimas de nuestra alma, como personas concretas, con un nombre y una historia, con heridas, dudas y maldiciones. Demasiadas veces la Biblia nos salva poco o nada porque poco o nada nos dejamos tocar por ella.

Algunas raras veces, un personaje bíblico logra forzar la entrada y colarse por un agujero abierto en nuestra casa por equivocación. Ese personaje se convierte en una persona más real y concreta que nuestros amigos y nuestros hijos. Nos desordena las habitaciones y la decoración interior. Es más, si el que entra es Jeremías, pone la casa patas arriba. Pero tal vez, en medio del caos general, podamos hacernos pobres de las cosas y de Dios y sentir cómo aletea el espíritu, que no consigue soplar en las casas que tienen las puertas cerradas ni en los templos custodiados y protegidos. Demasiada gente se queda fuera del horizonte espiritual del mundo porque, cuando viene a encontrarse con nosotros, entra en una casa con las ventanas cerradas, demasiado llena de cosas bien ordenadas, pero sin suficiente oxígeno para respirar.

«Palabras que el Señor dirigió a Jeremías cuando el rey Sedecías envió a Pasjur (…) y a Sofonías para decirle: Consulta por nosotros al Señor, a ver si repite sus prodigios con nosotros, y Nabucodonosor, rey de Babilonia, que ahora nos está combatiendo, se tiene que retirar» (Jeremías 21,1-2).

Desde el comienzo, Jeremías anuncia una y otra vez la bajada del enemigo, la ocupación del país, la llegada de una gran desgracia. Pero los jefes y los sacerdotes no quieren escucharle. Hechizados por los falsos profetas creen que el templo es inexpugnable y Jerusalén imbatible. Ahora han pasado los años y Nabucodonosor está a las puertas de la ciudad. El asedio comienza, pero los jefes del pueblo, atrapados por la ideología nacionalista, todavía siguen pensando que se salvarán, que YHWH realizará al final uno de sus muchos prodigios. Jeremías sigue repitiendo exactamente lo contrario de lo que el pueblo quiere escuchar. No puede hacer otra cosa, no es dueño de las palabras que dice.

No hace concesiones a los sentimientos y profetiza, despiadadamente, la desventura total e inminente que se cierne sobre el pueblo al que ama. Esta es la frágil fortaleza que le hace ser radicalmente fiel a la palabra, incluso cuando la tragedia del momento histórico sugeriría pietas humana para atenuar la dureza de las palabras y aclarar los colores de los escenarios que aparecen sombríos. Nosotros lo hubiéramos hecho, y lo hacemos, pero los verdaderos profetas no. Jeremías profetiza la única opción posible y buena: rendirse, aceptar la derrota y el fracaso, despertarse y admitir el final del engaño: «Los que se queden en la ciudad morirán a espada, de hambre y de peste; los que salgan y se pasen a los caldeos sitiadores, salvarán la vida, los apresarán como botín vivo» (21,9). Pero, a pesar de que el enemigo se encuentra ya alrededor de las murallas, los ilusos jefes siguen sin creerle: «Decís: ¿Quién caerá sobre nosotros, quién penetrará en nuestras guaridas?» (21,13).

Aquí podemos entender el valor inmenso de ese amigo – sea o no profeta – que tiene el valor de anunciarnos la rendición, cuando los falsos profetas y las ilusiones nos ciegan. El amigo que nos dice que debemos llevar los libros al tribunal, dejar volar a las personas a las que tanto hemos amado, vender la escuela de la comunidad que guarda la herencia de los días del primer amor, rendirnos al ángel de la muerte para poder abrazarle como a un amigo bueno. Y después sentir dentro el eco de las palabras «Bienaventurados los mansos». Pero las personas y las comunidades sienten una resistencia invencible a creer en la palabra que pide rendición, porque amamos demasiado las ilusiones y los falsos consuelos. Y así, mientras la derrota es evidente para todos, nosotros, aconsejados por falsos profetas, seguimos engañándonos, invirtiendo energías infinitas en batallas equivocadas, cuando tan solo un “amén” podría salvarnos de verdad.

Pero el oráculo no adulador de Jeremías a su rey no acaba aquí. Jeremías no solo anuncia y profetiza que esta vez YHWH no va a intervenir para salvar al pueblo (a diferencia de lo que ocurrió con los Asirios por intercesión de Isaías), sino que incluso va a actuar “contra” Jerusalén: «Jeremías les contestó: Decid a Sedecías: Así dice el Señor (…): Yo en persona lucharé contra vosotros, con mano extendida y brazo fuerte, con ira y cólera y furia…» (21,3-5).

El Dios de la Alianza, de la promesa, del Sinaí y de la Ley no interviene y se pone de parte del enemigo. ¿Cómo es posible? ¿No se había revelado muchas veces YHWH a su pueblo como el Dios fiel?

En estos acontecimientos podemos descubrir algo muy importante acerca de la gramática bíblica de los pactos y de la fidelidad. La primera interpretación que se le ofrece a quien se acerca a leer la historia de traiciones e idolatría narrada por Jeremías, es la de un Dios que se mueve dentro del registro de una reciprocidad muy parecida a la reciprocidad de los contratos: el pueblo no respeta el pacto, se prostituye a otros dioses y entonces Dios rescinde el contrato y aplica las sanciones previstas en caso de incumplimiento. También la lectura de Jeremías sugiere esta interpretación y nosotros la aceptamos con seriedad. Siempre es importante y necesario tomarse en serio el mensaje que surge de una primera e inmediata lectura del texto bíblico (y de cualquier texto).

Esta primera lectura, sencilla e inmediata, contiene un gran mensaje. Israel experimenta a YHWH como un Dios fiel porque es un Dios de palabra. Los ídolos no hacen alianzas, ni las rescinden, ni aplican las sanciones del pacto, sencillamente porque son trozos de madera, mudos y muertos. El Dios bíblico es un Dios vivo. Es fiel porque está vivo y, por tanto, si está vivo, también respeta los pactos que él mismo ha establecido con el pueblo. Israel y, después, el cristianismo y el Occidente entero, aprendieron a conocer la seriedad de los pactos humanos y de los contratos porque tuvieron la experiencia de un Dios que los había respetado antes. La Alianza es un compromiso bilateral. Es verdadera alianza si la fidelidad de uno es la precondición para la fidelidad del otro. A través de la voz de los profetas, el Dios bíblico nos enseña que el primero que se toma en serio los pactos es Dios mismo y que todas las infidelidades tienen consecuencias muy graves. Solo un Dios serio y digno de confianza podía ser fundamento de una civilización de personas capaces de mantener sus pactos y promesas, y capaces de ser responsables de las consecuencias de los pactos rotos, de las promesas no mantenidas, de las mentiras sobre las relaciones primarias.

Sabemos que el Dios bíblico no conoce solo la reciprocidad condicional de los pactos. Es también capaz de otros amores, hasta llegar a la incondicionalidad del agape. Pero si Dios nos hubiera desvelado un amor-agape que se saltara y olvidara el amor de los pactos y de las promesas, su palabra no habría podido convertirse en la base espiritual y moral de la vida de los hombres y de las mujeres, donde el amor pasa antes que nada a través de la fidelidad condicional a los pactos y a las promesas recíprocas.

Los matrimonios, las empresas y sociedades, las comunidades, viven de muchas relaciones, pero antes viven de ese amor, laico y muy serio, que se manifiesta en las palabras con las que se sellan pactos y alianzas. Son palabras verdaderas porque están hechas de reciprocidad. Viven y alimentan la vida, porque son condicionales, mientras las respetemos juntos, y acaban cuando se termina la reciprocidad. Sabemos además que muchos matrimonios, empresas y comunidades no mueren porque una persona decide seguir adelante y no cejar a pesar de la infidelidad de los demás. Pero antes está la reciprocidad cotidiana de las alianzas, que es el cemento de nuestra sociedad, sin la cual no podrían entenderse nuestras fidelidades-sin-reciprocidad, que se dispersarían en el vacío de nuestras palabras-nada. La verdad de los pactos y de los contratos es la que hace inmensa la no reciprocidad del ágape.

La Biblia – antiguo y nuevo testamento – nos revela a un Dios que es capaz de ir más allá del registro de la reciprocidad. Nos enseña a perdonar setenta veces siete, nos revela el rostro de un Dios que da su vida por los enemigos y los ingratos. Pero a todo eso lo sigue llamando alianza, si bien es una nueva alianza. Y si es alianza es también pacto y reciprocidad. Es nueva, pero sigue siendo – y siempre lo será-, reciprocidad. El dios-sin-reciprocidad es el faraón, que, totalmente separado, indiferente y desvinculado de sus súbditos, decide sobre su vida y su muerte. El Dios bíblico no es un Dios indiferente a nuestra reciprocidad. Es capaz de superar el pacto, pero sigue siendo un Dios de pactos. No podríamos entender al Padre misericordioso, ni hoy ni ayer, si no hubiéramos experimentado el dolor, la rabia y el abandono que nos producen los hijos pródigos que rompen los pactos y nos dejan. Ese dolor por la falta de reciprocidad es el que nos puede desvelar el valor de un Dios distinto que nos espera en el umbral “olvidándose” de la reciprocidad. Y allí podremos encontrar razones y fuerzas para seguir esperando a nuestros hijos, maridos y compañeros de comunidad infieles.

Gracias, Jeremías, que a toda costa nos has mostrado el rostro de un Dios en el que se puede confiar porque es fiel a las promesas. Sin la consumación total de aquella primera alianza, sin descubrir el valor que tiene para Dios la reciprocidad, no podríamos entender la nueva alianza. Nuestros pactos y nuestros contratos perderían valor y quedarían vacíos. No podríamos entender esa reciprocidad extraordinaria a la que un día llamamos Trinidad. Y tampoco podríamos entender la gratuidad verdadera, el ágape, que solo puede resplandecer en toda su belleza de paraíso cuando hemos aprendido el valor de la fidelidad a nuestros pactos y a nuestras alianzas.

Publicado en Avvenire el 23/07/2017

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