El canto de la gran bendición

El canto de la gran bendición

El alba de la medianoche/11

«Nadie que lea la Biblia podrá evitar tener la impresión, al llegar a Jeremías, de que una presa ha cedido en un punto decisivo. Se advierte algo nuevo, una dimensión del dolor hasta entonces desconocida»

Gerhard Von Rad, Teología del Antiguo Testamento

«La palabra de YHWH me fue dirigida en estos términos: No tomes mujer ni tengas hijos ni hijas» (Jeremías 16,1-2). He aquí otro momento crucial, narrativo y espiritual, del canto y de la vida de Jeremías, espléndida y tremenda. Jeremías, por vocación, no tendrá mujer y tampoco tendrá hijos ni hijas. El doble mandato marca y refuerza la doble soledad radical de Jeremías: tendrá que vivir sin esposa y también sin hijos ni hijas (la alegría, el esplendor y los dolores que nos causan las hijas, las niñas, no sustituyen a las de los varones, y viceversa). En esta procesión –esposa, hijos, hijas – tal vez podamos descubrir una mirada concreta, no genérica, del profeta sobre esas alegrías distintas e igualmente concretas que él no conocerá por su especial vocación.

Otros profetas bíblicos vivieron experiencias parecidas en parte a la de Jeremías. Las vidas de Isaías y de Oseas fueron un signo total, global, palabras hechas símbolo-carne. Su vocación involucró profundamente a su familia. Isaías llamó a su hijo “un resto volverá”, y el nombre de su hijo se convirtió en el corazón de su profecía. Oseas recibió de Dios el mandato de casarse con una prostituta, también en este caso para decir-ser un mensaje al pueblo: os habéis prostituido a otros dioses. Son hechos y acciones tremendas, en los que el dolor y el tormento se hacen demasiado grandes y las palabras por sí solas no bastan, incluso las palabras inmensas de los profetas.

En cambio, a Jeremías la voz le pide algo aún más radical: ser signo y presagio, renunciando completamente a las cosas más benditas y sagradas. En su mundo, la elección de no tener esposa ni hijos era un acto escandaloso y sobre todo carente de sentido. En hebreo no existe una palabra para el “celibato”. Era simplemente una locura, una estupidez, algo ridículo. Hasta tal punto que la petición hecha a Jeremías no tiene parangón en el Antiguo Testamento.

Para intuir un poco la paradoja de este mandato, tendríamos que echar mano de toda la Biblia y de la experiencia de toda una vida. Tendríamos que volver a Abraham y a la promesa de tantos hijos como estrellas tiene el cielo. Volver a la esterilidad de Sara, a Agar e Ismael y, después, a Isaac, a Raquel y a Lía, a Job, a la Alianza, al Cantar y al lenguaje nupcial de la Biblia, muy amado y usado también por Jeremías. En aquel mundo, la primera bendición era tener hijos e hijas. Ninguna tierra es tierra prometida si no la habita al menos un hijo nuestro, alimentándose con su leche y su miel. En el humanismo bíblico, el único paraíso deseado consiste en poder seguir viviendo en los hijos y en su memoria durante muchas generaciones. La vida mejor que se espera no es nuestra vida futura en el cielo sino la de los hijos en la tierra. Tendríamos que volver a los primeros capítulos del Génesis. Volver al adam que, creado “hombre y mujer”, expresa en su unidad verdaderamente la imagen de Dios, la única imagen suya lícita en esta tierra, puesto que todas las demás afean la imagen de Elohim porque afean la imagen del adam. Volver a la escena del primer hombre despertándose del entumecimiento y encontrándose por primera vez con unos ojos como los suyos, entonando quizá la primera canción de la tierra: “Ahora sí, ahora sí…”, finalmente he encontrado un ezer kenegdó, una mirada en la mirada, unos ojos como los míos y sin embargo completamente distintos. La mujer llega como don y respuesta a una de las primerísimas frases de la antropología bíblica: “No es bueno que el adam esté solo”.

En este gran capítulo del libro y de la historia de Jeremías, Dios le pide que vuelva a la soledad triste de la aurora del mundo antes del “dos o más”. Jeremías debe, por una palabra de YHWH, renegar de una de sus palabras más bellas y eternas. El “no está bien” vale para todos los hombres menos para Jeremías.

El estupor no acaba aquí: «Así dice YHWH: No entres en casa de duelo ni vayas a plañir, ni les consueles» (16,5). Ir a los funerales, llorar o visitar a la familia del difunto durante el largo tiempo del luto, eran prácticas sociales primarias, que creaban y afianzaban los lazos sociales y hacían crecer la solidaridad y la fraternidad. No cumplir con estas prácticas significaba aislarse y ser visto por los demás como una persona excéntrica y enemiga. Pero la lista de prohibiciones de Jeremías continúa: «En casa de convite tampoco entres a sentarte con ellos a comer y beber» (16, 8). Dios quiere para él una vida en total soledad: sin familia, sin hijos, sin amigos, sin fiesta, sin comunidad, sin consuelo. ¿Por qué? El texto nos da su interpretación: Jeremías debe adelantar con su cuerpo, con sus relaciones sociales, con su carne, la condición que pronto será compartida por todo el pueblo, a punto de ser deportado a un lugar donde se acabarán los banquetes de fiesta, donde ni siquiera se podrá enterrar adecuadamente a los muertos ni celebrar los ritos del luto. Debe convertirse en un símbolo encarnado.

Pero esta explicación no nos satisface. ¿Qué sentido tiene encarnar una ruina total, adelantando con la propia vida la desgracia de todo el pueblo? ¿Para qué ser una señal si nadie la entiende y todos la ridiculizan y se burlan? No olvidemos que el sentido global del libro de Jeremías no sugiere que el objetivo de las señales fuertes sea la conversión del pueblo. Tampoco puede satisfacernos pensar que el objetivo del libro de Jeremías sea una lectura teológica ex-post de los acontecimientos desastrosos de la deportación a Babilonia, echando toda la culpa de la desgracia a la corrupción y a la idolatría del pueblo para salvar la justicia de Dios. Todo eso es demasiado poco, demasiado sencillo, y no está a la altura de su libro.

Conviene, pues, dejar hablar a este capítulo XVI, dejar que entre dentro de nuestra vida de hoy, y entrar en diálogo con Jeremías, haciéndonos contemporáneos suyos. Si nos situamos, desnudos y libres, ante este capítulo, tal vez podamos entrever entre la niebla algunas dimensiones paradójicas pero verdaderas y esenciales que se encuentran en muchas vidas vividas como vocación.

El día en que Jeremías recibió su primera llamada, no sabía que llegaría el momento de esta segunda llamada (en el relato de su vocación en el primer capítulo no hay referencia alguna a no casarse). Hoy, en cambio, cuando alguien responde a una vocación religiosa sabe de inmediato que no se casará ni tendrá hijos. Pero también hoy, en el día de la llamada, cuando nos envuelve la luz deslumbrante de la voz, aunque sepamos de forma abstracta que renunciamos a tener mujer/marido, hijos e hijas, en realidad todavía no estamos renunciando a nada real. Muchas vocaciones se frustran porque se detienen, por miedo, ante la primera renuncia abstracta, sin llegar a conocer la capacidad de generar que solo la renuncia concreta proporciona. Pero cuando la vida funciona, es muy probable que llegue el día del capítulo XVI de Jeremías, cuando esa idea abstracta se hace concreta y se encarna. Ese día llega cuando conocemos a un hombre concreto que verdaderamente podría convertirse en nuestro marido, cuando ante un niño sentimos en la carne la indigencia de la paternidad fallida, cuando estamos rodeados de cien hijos e hijas, ninguno de ellos nuestro, mientras algunos podrían serlo. Es entonces y no en el día del primer encanto luminoso, diez o treinta años atrás, cuando nos alcanza con fuerza y claridad esta palabra: “No tomes mujer ni tengas hijos e hijas”. Y es posible responder de nuevo y diversamente: sí.

Cuando seguimos verdaderamente una vocación y no renunciamos a vivir la vida por la desilusión o por la ilusión, antes o después llega de forma casi inevitable la etapa del capítulo XVI. Nos volvemos como Jeremías, pero no nos damos cuenta, porque el proceso es lento y largo. Nos encontramos encarnando mensajes de los que no somos dueños. Entonces podemos rebelarnos o decir “sí” y prestar el cuerpo y la vida para escribir un capítulo de un libro del que no sabemos ni la trama ni mucho menos el final.

En su mundo y en su tiempo, Jeremías no podía entender el sentido de aquellas cosas tremendas que la voz le pedía. El libro de Jeremías nos da alguna interpretación, pero el hombre Jeremías de Anatot habrá tenido muchas menos interpretaciones que los redactores finales de su libro, tal vez ninguna. Tan solo oyó con claridad una voz que le pedía algo paradójico y dijo: “está bien”. Los símbolos no desempeñan su función porque conozcan su propio significado: a veces perciben algún resplandor de sentido, pero el símbolo no es casi nunca un buen hermeneuta de sí mismo. Los grandes símbolos de la Biblia y de la vida de cada uno no son nunca explicados y revelados de una vez por todas, y por eso siguen hablando y explicándose a lo largo del tiempo y en todo tiempo. No somos nosotros, en nuestro mundo y en nuestro tiempo, los mejores intérpretes de los símbolos que estamos llamados a ser.

La Biblia es revelación, entre otras cosas, porque a veces quita el velo que nos separa del sentido de sus palabras y del sentido de nuestras experiencias más importantes. Lo quita un poco de tiempo y después lo vuelve a poner, re-velándolas, para conservar la intimidad de sus grandes relatos de amor y de dolor, y para guardar el misterio de nuestro corazón. No hace falta conocer y explicar todo el sentido y todos los sentidos de los mandatos paradójicos del capítulo XVI, porque esas palabras suyas seguirán cantando mientras sus significados sean más numerosos y grandes que nuestras preguntas y nuestras respuestas. La Biblia regenera siempre que sus sentidos sean excedentes con respecto a nuestras interpretaciones.

El paisaje de la tierra encontrada no es el de la tierra prometida. Muchas cosas que creíamos que estarían allí no están. No está la comunidad que imaginábamos sino la que tenemos, no está la felicidad que buscábamos porque viviendo hemos comprendido que era demasiado poco. Pero hemos encontrado muchas sorpresas, como el don de descubrir la belleza donde todos ven cosas y personas feas; una profunda y sobria fraternidad con la tierra, con los animales y con las plantas, que brota como una flor sobre una soledad no elegida y dócilmente acogida. Una vocación seguirá viva mientras sea bastante libre como para actualizar continuamente la primera tierra prometida. Y cuando comprenda que se acerca la desaparición del último elemento superviviente del paisaje soñado, sepa entonar el canto de la gran bendición.

Publicado en Avvenire el 02/07/2017

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