Devolver derechos a los marginados

Devolver derechos a los marginados

Es ardua la tarea que lleva adelante el Centro Nelson Mandela, fundamentalmente en el Impenetrable chaqueño.

Si existe un nombre, un modelo en la lucha contra la desigualdad, ese es Nelson Mandela. El líder sudafricano ha sido inspiración de millones de personas en todo el mundo. En la profundidad del Impenetrable, a miles de kilómetros de su Soweto, un puñado de esos inspirados tomó su mensaje para dar pelea a las formas en que la desigualdad golpea a los pobladores del monte chaqueño: la pobreza extrema, la marginación, la vulneración de su identidad.

Hace dos décadas ya que cinco amigos empezaron a pensar en la idea de formar una pequeña organización de derechos humanos. “Creíamos que era necesario hacerlo con la mirada puesta en la historia de nuestro país y, fundamentalmente, en el presente, puesto que veíamos que en Chaco no se auspiciaba ni se promovía la vigencia de los derechos humanos y se producían muchos casos de violación de tales derechos por parte de agentes y funcionarios del Estado”, cuenta sobre el origen Rolando Núñez, uno de esos amigos.

Así nació el Centro Nelson Mandela. “Fue una tarea bastante sencilla poner en funcionamiento nuestro voluntariado bajo el signo que representaba y representa Nelson Mandela en el mundo de los derechos humanos, dado que entendíamos que en gran parte del territorio chaqueño existía una realidad que se asemejaba al apartheid africano, especialmente en la región conocida como El Impenetrable, mayoritariamente habitada por comunidades indígenas que vivían en situación de miseria, de pobreza extrema y de máxima exclusión social”, remarca Núñez, abogado.

La que no resultó sencilla fue la tarea a la que se enfrentaron. El primer contacto con las comunidades llegó casi 10 años después, a fines de 2006, mientras investigaban el avance de la frontera agrícola y los desmontes para hacer chacras en la región comprendida entre Avia Terai, Tres Isletas y Juan José Castelli. “Comprobamos que en esa amplia región no existían comunidades indígenas rurales. Habían sido desplazadas hacia el norte/oeste de la provincia, en El Impenetrable, por la concentración de la tierra en manos de grandes empresarios sojeros. En Castelli se multiplicaban los asentamientos donde se instalaban las familias aborígenes rurales. En cercanías del paraje El Canal, a dos kilómetros de Villa Río Bermejito, encontramos familias originarias inmersas en realidades de extinción producto de los fenómenos de desnutrición, malnutrición, parasitosis, tuberculosis, Mal de Chagas y otras tantas enfermedades vinculadas con la pobreza extrema”, describe Núñez.

Así, con un fuerte trabajo de campo, el centro se fue convirtiendo en un referente. “La población local, sin prejuicios, acude a nosotros cuando lo considera necesario. En la práctica, nos constituimos en el último recurso al que acuden las víctimas, los que reclaman y los que aspiran a que cambien algunas realidades. Chaco tiene una población estimada de 1,1 millón de habitantes, de modo que la tarea es múltiple”, explica el abogado y cuenta que se generó un fenómeno positivo: el del “voluntario involuntario”. “Como la reparación de los derechos violados lleva tiempo, esfuerzos y militancia, las víctimas terminan siendo los que más se comprometen, convirtiéndose en voluntarios temporarios, lo cual nos parece magnífico porque protagonizan sus reivindicaciones y el logro de los resultados, aunque sean modestos”, remarca.

El Centro Mandela fue un actor clave en la demanda por exterminio que presentó el ex defensor del Pueblo, Eduardo Mondino, contra el Estado provincial y nacional y que terminó con un fallo de la Corte Suprema obligándolos a proveer alimentos, agua y atención sanitaria a varias comunidades. Tras la sentencia del máximo tribunal, mejoraron las condiciones. Pero, analiza Núñez, hace unos cinco años comenzó una etapa de estancamiento. “Hoy nuevamente viven entre muchas necesidades, sobre todo tomando en cuenta los efectos altamente negativos que produce la inflación en la canasta alimentaria familiar. Hace que los reducidos ingresos de las familias indígenas alcancen para comprar harina, grasa y sus derivados, por lo que se volvió gradualmente a la etapa anterior, aunque no tan extrema. Son poblaciones farináceas, que subsisten comiendo hidratos de carbono, por lo que están sujetas a la tendencia de enfermar y morir prematuramente por causas evitables. Se agrega que viven en regiones con endemias y sufren parasitosis: consumen agua que no es apta y muchos andan descalzos, de modo que los parásitos ingresan por esas dos vías”, sintetiza.

El problema de la alimentación está íntimamente ligado con otro: la deforestación. “El desmonte y la explotación forestal afectan con mucha gravedad. Históricamente el monte ha sido la casa de los aborígenes. Además de la casa, cuando ya se transformaron en sedentarios, el monte era la farmacia, el supermercado y el parque para divertirse. En definitiva, era todo. Al quitárselo, los llevamos a consumir harina y grasa, y es la realidad actual de ser comunidades dependientes del poder político de turno”.

Y aquí es donde Núñez es categórico: para él, la desnutrición no es un problema, sino “un mecanismo de sometimiento. El desnutrido desarrolla menos capacidad cognitiva y presenta enfermedades en toda su estructura ósea y en los paquetes de nervatura y musculatura, de modo que tienen menos capacidad de aprendizaje e inferiores condiciones para encarar trabajos que requieran esfuerzos físicos. Esta es otra forma de excluirlos”.

El especialista no duda de que la pobreza extrema y la desigualdad son el mayor problema en materia de derechos humanos que afecta hoy a la Argentina: “Respecto de las comunidades indígenas que viven en El Impenetrable, la pobreza y la desigualdad son factores ‘valiosos’ para mantenerlos en esa situación desde el punto de vista político, social y económico. El ‘indio pobre’ es un gran negocio para los que especulan”.

Núñez considera que un primer paso para buscar una solución puede estar en las escuelas, que deberían ser de jornadas completas y constituirse en espacios sociales donde los alumnos y sus padres se alimenten de manera nutritiva. Allí, cree, debería funcionar también un mini centro de salud para desarrollar los controles nutricionales y la atención sanitaria primaria, articulada con los puestos sanitarios y hospitales más cercanos. Y todo proceso de integración, remarca, debería tener su eje en el respeto por la diversidad étnica. “Tendríamos que desechar la idea de integración en cuyo horizonte pueda figurar la desaparición de las minorías, que es la experiencia mundial repetida a través de la historia. La integración que hasta ahora se intentó desde el ‘mundo blanco’ parte de la premisa de trasladar completamente nuestra idiosincrasia al mundo aborigen, con distintos pretextos o excusas. La modernidad es la más utilizada y perversa”, advierte ·

Más datos: www.centromandela.com

Artículo publicado en la edición N° 599 de la revista Ciudad Nueva

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