Como madres de la palabra

Como madres de la palabra

El alba de la medianoche/4

«Espero de todo corazón que me absolváis. No me divierte la idea de ir a hacer de héroe a la cárcel, pero no puedo por menos que declararos explícitamente que seguiré enseñando a mis muchachos lo mismo que les he enseñado hasta ahora… Si no podemos salvar a la humanidad, al menos salvaremos el alma».

Lorenzo Milani, Carta a los capellanes militares; carta a los jueces.

La ideología es el primer instrumento que utilizan las clases dominantes en tiempos de crisis. Antes que por la fuerza, el dinero o el poder político, los jefes (civiles y religiosos) gestionan las crisis de sus imperios produciendo ideologías, pagando a los ideólogos y erigiendo un sistema de propaganda capilar de la ideología. Cuanto más grave es la crisis, más esencial se hace el instrumento ideológico. La principal forma que adquiere la ideología en tiempos de crisis es la producción sistemática y reiterada de ilusiones colectivas. Las señales hablan clara y únicamente de declive y de final, pero las ideologías se encargan primero de producir otras señales distintas inexistentes, luego las convierten en principales y finalmente las presentan como únicas. Hay muchas y muy diversas ideologías, pero todas tienen en común la creación artificial de una realidad paralela que se presenta como perfecta y que pierde progresivamente el contacto con la realidad imperfecta pero verdadera.

Las ideologías ilusorias que se desarrollan y crecen durante las crisis grandes y largas son, tal vez, las más peligrosas y destructivas, porque lo específico suyo es la negación de la crisis. Vivimos el tiempo presente a la espera de algún acontecimiento milagroso, de una nueva revelación todavía secreta que nos salve a todos. A la comunidad se la droga con un opio espiritual que agrava y exacerba la crisis. Esta manipulación dura hasta que la evidencia supera el punto más allá del cual la negación se hace imposible. Pero el “punto de no retorno” a veces se hace casi inalcanzable, porque las ideologías más fuertes y poderosas pueden impulsar la elaboración ideológica de las crisis mucho más hacia delante. No es raro que incluso las catástrofes y los derrumbes totales, ex post, sigan siendo interpretados ideológicamente. Hay comunidades reducidas a la nada por la ideología donde los miembros supervivientes siguen negando la evidencia y buscando entre los escombros alguna confirmación de sus pasadas previsiones ideológicas.

También Jeremías tuvo que vérselas con este tipo de ideología y con sus efectos devastadores: «Sucederá aquel día que se perderá el ánimo del rey y el de los príncipes, se pasmarán los sacerdotes, y los profetas se espantarán. Y yo digo: “¡Ay, Señor YHWH! ¡Cómo embaucaste a este pueblo y a Jerusalén diciendo: ‘Paz tendréis’, y ha penetrado la espada hasta el alma!”» (Jeremías 4, 9-10).

Aquí Jeremías nos desvela una dimensión sutil y decisiva del fenómeno ideológico. En Jerusalén, profetas pervertidos, aliados de los sacerdotes y de la clase dominante, se estaban dedicando a producir engaños de forma sistemática. Primero creaban y después alimentaban la llamada “teología real del tiempo”, una especie de nacionalismo religioso que proclamaba la imbatibilidad de Jerusalén y la inviolabilidad del templo, y por consiguiente negaba el peligro procedente del Norte (Babilonia). «Paz tendréis» no era la palabra de YHWH, sino la de los falsos profetas y jefes, que defendían su poder engañando al pueblo. En este contexto, Jeremías ve claramente la evolución de esta ideología. El enemigo llegará a destruir el reino, pero la ideología seguirá actuando, salvándose a sí misma con la única opción que le queda: darle totalmente la vuelta a la realidad, atribuyendo el engaño al mismo YHWH. Para salvarse a sí mismos, los jefes del pueblo condenan a Dios.

Esta operación del poder es muy corriente, se realiza a través de la obra de los falsos profetas y sirve también como “papel tornasol” para desenmascarar la falsa profecía. Los falsos profetas, siempre muy abundantes durante las grandes crisis, ante la falta de cumplimiento de sus previsiones, en lugar de reconocer la falsedad de sus propias palabras, niegan la verdad de Aquel en cuyo nombre han profetizado. Sacrifican de buen grado a Dios porque, en realidad, no era más que un ídolo al que usaban para obtener ventajas. Todos los falsos profetas son ateos y lo saben. Los exprofetas se hacen ateos porque se revelan como falsos profetas, no al revés. Sacrifican a Dios en el altar de sus propios intereses porque ese dios no vale nada para ellos, es solo un tótem, una flauta para encantar a los demás. En esto, el falso profeta es el arquetipo de todos aquellos que cuando tienen que elegir entre su propio interés y la verdad de una relación, se eligen a sí mismos, negando y matando matrimonios, comunidades, amistades y empresas. Se sirven de Dios únicamente para hacer carrera y lo abandonan en cuanto deja de convenirles.

En cambio, el profeta auténtico es responsable de la palabra que anuncia, porque esa palabra es carne de su carne, es palabra encarnada. No puede preferir la muerte de la palabra a su propia muerte, porque en él/ella las dos palabras se convierten en una sola carne, como en las bodas. El martirio del profeta no es altruismo ni generosidad, sino la única opción para seguir siendo profeta.

El mismo Jeremías nos dice, de una forma maravillosa, la relación íntima que existe entre la palabra y su carne, en un verso estupendo, uno de los mejores de la literatura profética: «¡Mis entrañas, mis entrañas! ¡Me retuerzo, tengo el corazón desgarrado, se me salta el corazón del pecho!» (4,19). Una obra maestra espiritual, que rasga el velo del alma del profeta, del hombre de Anatot, para hacerle contemporáneo nuestro o, mejor dicho, para hacernos a nosotros contemporáneos suyos. Pero sobre todo nos introduce en su misterio y en el de toda vocación humana verdadera.

Jeremías, profeta auténtico, puede y debe decir solamente lo que ve y lo que siente. Ve y siente la desventura y la destrucción de Jerusalén y eso es lo que grita. No puede corregirlo ni alterarlo, ya que sencillamente se convertiría en un falso profeta, como muchos otros, como casi todos. Pero ese pueblo al que anuncia la desventura es su pueblo, su gente. Aquí está el valor de los profetas: sufren y se retuercen  por las palabras que anuncian, pero no son libres de no anunciarlas.

Este sufrimiento acompañará a Jeremías (como veremos), pero además es una característica central del oficio de profeta, especialmente fuerte y desgarrador en tiempos de grandes crisis y de grandes engaños. Al pueblo le gustaría creer que la crisis pasará pronto y todo volverá a ser tan bello como antes, que la falta de vocaciones en la comunidad es transitoria, que las iglesias volverán a estar llenas. En cambio, el profeta-no-falso dice, si así lo ve y lo siente, que la crisis se agudizará, que cada vez habrá menos vocaciones, que las iglesias se seguirán vaciando. Los profetas no son siempre profetas de desventuras; también anuncian cosas espléndidas, como el nacimiento de un niño, un retoño, el regreso del “resto”, un mesías. Pero la profecía de desventura es el verdadero test de la verdad y la calidad de un profeta, donde el alma puede perderse o florecer en anima mundi. Demasiadas vocaciones proféticas se estropean por falta de resistencia ante el anuncio de cosas incómodas y duras, para el pueblo y para el profeta.

Además, el profeta verdadero siente en su carne todo el sufrimiento por las vocaciones que faltan, por el vacío en las iglesias, por la destrucción de la ciudad. El profeta es madre de la palabra que pronuncia (“mis entrañas, mis entrañas…”). Hace la misma experiencia de quien ve a un hijo emprender definitivamente el camino que conduce a los cerdos y a las prostitutas, y después lo ve en acción en las pocilgas y en los prostíbulos («Se hicieron adúlteros y el lupanar frecuentaron. Son sementales lustrosos y fogosos: cada cual relincha por la mujer de su prójimo»: 5,7-8).

Aquí los sentimientos de Jeremías no son los del “padre misericordioso” que espera con esperanza el regreso del “hijo pródigo”, sino los de uno que sufre porque el hijo, el hermano o el amigo no regresan y no quieren regresar. En esta tierra, son pocos los hijos que vuelven de las algarrobas y muchos los que se quedan. Muchos padres y amigos solo pueden, como Jeremías, “retorcerse en las entrañas” por el dolor de estos no-regresos. Los hijos no vuelven, nosotros sufrimos y ellos siguen sin volver.

La primera resurrección que obra la Biblia (y también la gran literatura y el gran arte) es hacerse próxima de los crucificados, acercarse a ellos, verlos, antes de que llegue el alba de la resurrección, aprisionados en un perenne sábado santo. Así llega a nuestras heridas más profundas, las que no se han curado, las toca y las besa. Las heridas no se curan con besos pero nuestro corazón quizá sí.

Si la Biblia solo contuviera los relatos de los hijos que vuelven, de las hijas que resucitan, de los restablecidos que vuelven a dar las gracias, de los esclavos liberados, no sería más que una edificante recogida de historias con final feliz o un libro de relatos consolatorios. El inmenso valor espiritual y humano de la Biblia está también en la presencia entre sus páginas de las entrañas retorcidas de Jeremías por los hermanos e hijos perdidos a los que no puede salvar; en Abel, asesinado por un hermano; en Job, que sigue gritando su inocencia sobre un montón de estiércol, esperando a un Dios que aún no ha llegado y tal vez no llegue, pero al que sigue esperando y anhelando, liberado del engaño, como “Dios del todavía no”. La mayor parte de las historias vivas y verdaderas no tienen final feliz. Pero si existe (como existe) una alegría de vivir, es la que nos espera más allá de los engaños, cuando hayamos aprendido a encontrar la resurrección en los crucificados. Los lugares de la tierra donde podemos esperar que nos sorprenda el Espíritu se parecen más al Gólgota que al Tabor. En la tierra y tal vez también en el cielo.

La honestidad de un profeta se mide en base al sufrimiento por las palabras verdaderas que dice. Toda honestidad se mide así. Para salvarnos, podríamos decir palabras distintas y halagüeñas, pero no las decimos y así nos salvaremos de verdad, aunque todo a nuestro alrededor diga lo contrario y hable de falta de éxito y de fracaso.

Los dones de los profetas en tiempos de desventura son la honestidad de sus palabras verdaderas y las entrañas retorcidas. Juntas. Las entrañas son la caja de resonancia de las notas de su canto. Tan verdadero y honesto que aún logra tocarnos, hablarnos, consolarnos en nuestras desventuras y protegernos de muchos vendedores de ilusiones.

Publicado en Avvenire el 14/05/2017

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